Chicho Outeiriño
DEAMBULANDO
Los más de mil apodos de Benchosey… y los nuestros
El Ribeiro se especializó desde hace siglos en la producción de vino, que llegó a ser casi un monocultivo. En el Refranero gallego hay un dicho muy revelador: “Cuando hay vino en el Ribeiro hay alegría e diñeiro”. Todavía a mediados del siglo XX, apenas había bancos en los pueblos del Ribeiro y resultaba muy difícil obtener un préstamo. Algunos particulares prestaban a interés (del 6%) cuando alguien atravesaba por dificultades económicas. El beneficiado solía devolverlo cuando vendía su vino.
Los hidalgos estaban muy pendientes de la suerte de la vendimia, para enviar prestamente a sus mayordomos a cobrar el foro, que tenía que consistir en el mejor vino. Otero Pedrayo describía a estos amos de los pazos muy arrimados a los pipotes de sus bodegas: “El señor de Montaigne bebía solo un gran vaso de Burdeos después ya de los almuerzos. Lamartine sabía mucho de bodegas de la Borgoña pues nació agregado, como un señorito del Ribeiro, a la canilla de sus cubas”.
En trance tal confiesan los de Ribadavia que son mucho más del Madrid que del Barça, y en segundo lugar del Celtiña
La comarca es tierra de minifundios -que no son tan nocivos como nos cuentan los economistas: permitían un mediano pasar para muchas personas- y de gentes más bien individualistas, según propia confesión. Tienen fama de no ser muy habladores, pero sí en cambio alegres. Álvaro Cunqueiro decía que tenemos unos vinos que son más habladores que nosotros. Los vinos de los ribeiranos parecen resultar más conversadores y expresivos que sus gentes: “O viño do Ribeiro ten sona de paroleiro”. Claro que después de trasegar unas cuncas ya se vuelven mucho más habladores. En trance tal confiesan los de Ribadavia que son mucho más del Madrid que del Barça, y en segundo lugar del Celtiña. Cunqueiro se refería al Ribeiro como “Idóneo para una filosofía humana apropiado para nuestra forma de ser, para nuestra lentitud dialogante, porque nos aviva y nos estimula”.
Había por supuesto, parroquianos más proclives a la amigable parla. Carlos Casares aludía al tío Rito, un velliño de la parroquia de Beiro: “Lo estoy viendo sentado debajo de la parra, pendiente de cualquiera que pasara por el camino: unas vacas, la cabra del Avelino, el burro de la Isaura… La gente siempre tenía para él unas palabras de simpatía y de respeto. Por su parte, prendía en el palique con facilidad y sin prisa, quizás feliz a cambio de aquellas pocas novedades de cada día. Tal vez le compensase llegar a los mil años, como dicen los médicos que va a ocurrir pronto. Naturalmente, siempre que conservase la parra, porque pasar tantos años delante de un televisor...
Las parras abundan mucho en el Ribeiro, pero no gustaban cuando realizaban funciones de palio sobre los caminos, tal vez porque obstaculizaban el tránsito de los carros de bois, cargados con hierba y culeiros por encima. Llegaron a prohibirlas en sus ordenanzas municipales. No parece que haya habido conciencia cabal de la belleza que aportan los emparrados al particularmente guapo paisaje del Ribeiro. Ya se sabe que la consideración estética del paisaje de la campiña es una invención urbana, puesto que desde el propio entorno rural no se tenía por más que el ámbito consuetudinario en el que se desarrollaba la vida y el trabajo.
Deberíamos extrañar la vieja alegría de antaño: la gente cantaba mucho y cualquier pretexto menudo era motivo de risa. Bieito Iglesias recuerda que unos mozos decidían a noitiña ir a visitar a un vecino que tenía vino nuevo. Al acercarse ya aturuxaban, y los de la casa salían fuera y los recibían cantando, contentos de tener visita y hacer fiesta. Los paisanos mostraban su contento, llegado el tiempo, con las claudias y uvas, sin olvidar las exquisitas pavías que las mujeres llevaban a vender a Vigo caminando a pie. Pero, ¡ojo, con la idealización! Según el sabio Michel Serres, antes del siglo XX, la gente vivía con constante dolor y sufrimiento. Quizá, pero tampoco conviene exagerar.
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