Gestos y miedos, o programar

Publicado: 30 oct 2026 - 05:10
Opinión en La Región
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Que en estos tiempos, ya bien avanzado el S. XXI, continúe alimentándose la política del miedo como medio empleado para conseguir rédito electoral, no solo llama la atención sino que debiera ser impropio como recurso electoral. El miedo no es propuesta, sí guarda la viña. También una cosa es lo que a mí me parezca y otra, totalmente diferente, es la actualidad. Y la realidad actual es que los gestos, utilizados como herramienta de miedo, los politólogos les otorgan rentabilidad política; los dan como bien utilizados. Por eso, nada más comenzada la campaña preelectoral a las legislativas, se dan a conocer a bombo y platillo actuaciones y/o comportamientos y decisiones con la sola intención de agradar -más bien aparentar-, sin que, no habiendo mucho de real, sí hay bastante que temer a la hora de acudir a la urna. Porque Sánchez no puede basar su campaña en la gestión: vías del tren destrozadas, trenes con retraso, subida de impuestos con inflación por las nubes, sin presupuestos, abandono a los ceutís…

Hay un comportamiento de las formaciones llamadas progresistas, desde el PSOE a todo el espectro a su izquierda, que aún fuera de tiempo electoral han conseguido embaucarnos en su relato. Así, ya nos han interiorizado que la “izquierda” es el PSOE. Las formaciones a la “izquierda del PSOE” (ese conglomerado que ustedes y yo sabemos -Podemos, Sumar, Frente Amplio, etc.) representan la “izquierda a la izquierda del PSOE”. Después existen independentistas, que están a disposición del mejor postor para sus particulares intereses. ¿Y en la derecha? Pues los progresistas impusieron su relato de que la “derecha” es el PP y la “ultraderecha” es Vox. Por supuesto que la “ultraizquierda” no existe, para ellos. El “centro” y “centroderecha”, tampoco. ¡Qué bien queda eso de la “izquierda a la izquierda del PSOE”! Ya está armado el relato del miedo con el ¡que vienen las derechas! O ¡que viene la “ultraderecha”; al igual que en los finales de los años noventa nos asustaban con el “que viene el dóberman”.

Hace unos días, en esta misma sección, escribía Jenaro Castro sobre el “Dóberman electoral”; expresaba que el tal “dóberman” lo inventó el felipismo para ladrar eslóganes guerracivilistas contra la derecha en tiempo electoral y, ahora, el sanchismo aúlla “que viene la ultraderecha”. Ya ven, la política del miedo adaptada a los tiempos. Dicho esto, no estoy tratando de convencer de que la política del miedo solo la utilicen unos. No, hacen uso de ella los unos y los otros, a conveniencia, como estrategia para cuidar la viña, pero los autollamados progresistas ya tienen sus eslóganes desde el siglo pasado y los utilizan siempre oportunamente.

El sanchismo tiene miedo y mete el miedo. Convocar elecciones, ¡por fin!, incumpliendo su palabra de agotar el mandato, ¡gracias a Dios!, con la coartada de resolver el drama habitacional tras un desahucio mediático ¡habiendo miles de desahucios en la legislatura! Encontró un clavo al que agarrarse, la vivienda, tras ocho años de inacción al respecto. ¿O alguien se cree que el problema de la vivienda surgió de un día para otro? Sánchez hasta nos lo hizo creer; Maricarmen fue el catalizador. Y, con tal escusa, la de la vivienda, viene el miedo, tras la convocatoria electoral: el sanchismo desahucia de sus listas a los cuatro diputados con más viviendas, los más tenedores. Una política de gestos y que otorga libertad a Sánchez para la utilización de la vivienda como arma electoral, sin tener que verse en el espejo; además del comodín del miedo a las “derechas”. La vivienda, como drama, el drama del miedo. Como miedo, o al menos intentarlo, el de Besteiro en Galicia, al decir: “En Lugo e Ourense, concentrar o voto progresista no PSOE pode ser decisivo para frear á dereita e á ultradereita”. Ahí lo tienen, “vienen las derechas”, “viene la ultraderecha”, es la tarabilla de los autollamados progresistas.

Cuando las precampañas y campañas electorales están establecidas para que cada formación política se posicione ante los ciudadanos con sus propuestas, a través de un programa electoral, semeja que lo más rentable son los gestos y el miedo. Hasta puede creerse que “los programas se hicieron para no ser cumplidos” (Tierno Galván). Por el contrario, Anguita apelaba al “programa, programa, programa”. Entre una opción y la otra, me atrevo a un consejo: no hagan caso de las promesas que no se cumplieron en ocho años y, a mayores, el manido miedo de que ¡vienen las derechas! El deseo es de un programa, contrato, ante los españoles como el que firmó Feijóo, que es real, viable y creíble a todas luces. Y, si no se cumpliera, ahí queda eso.

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