El tren. La madre. El llanto.

Publicado: 30 oct 2026 - 03:40
Opinión en La Región
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Llámame al llegar, cariño mío. Así me quedo tranquila.

- Sí, mamá, siempre lo hago. No te preocupes -contestó el hijo-.

El tren arrancó en dirección a Sevilla. La madre vio cómo se alejaba hasta desaparecer en la distancia. Los años la habían vuelto más temerosa cada vez que alguno de sus hijos emprendía un viaje. “Mamá, es sólo un desplazamiento por trabajo; mañana o pasado estaré de vuelta”, le había dicho para tranquilizarla.

La madre pensaba en estas palabras —las últimas que escucharía de boca de su hijo— al abandonar la estación. “Que llegue bien”, pensaba. “Sólo pido que llegue bien”.

La llamada se demoró. Quizás sea el retraso, tan habitual últimamente; así se consolaba al ver que su teléfono no sonaba. Media hora, una hora, casi dos…, ese retraso ya no era normal. La madre, con el móvil encima de la camilla, deseando escuchar el tono salvador en su teléfono, empezó a llorar.

Escuchó en su cabeza un estruendo aterrador, pero al otro lado de la ventana no había tormenta; sintió un temblor bajo sus pies, pero la tierra no temblaba; retumbaron en sus oídos gritos y llantos, pero ella estaba sola en su casa; aspiró el olor a humo y a hierro candente, pero no había ningún brasero ni fogón encendido; palpó empapada en sangre la blusa más bonita que se había puesto para acompañar a su hijo, pero ninguna herida desgajaba su piel.

Y sin embargo estaba herida. Herida de muerte. Con el móvil en la mano, esperando la tardía llamada, escuchó una voz de radio en la casa del vecino. El tren. Otra vez el maldito tren. Silabeó mil plegarias para que, de entre los amasijos de hierro de un vagón, la mano del hijo asiera el móvil para marcar su número. “Estoy bien, mamá. Estoy bien”, la frase más hermosa que ahora debería escuchar. Pero el teléfono permaneció en silencio.

“No estás bien, hijo mío. Lo sé. No me preguntes por qué, pero lo sé. Te acabas de ir de mi lado mientras tu cuerpo aún permanece encarcelado entre hierros, desmembrado. Déjame llorarte, hijo, desde la distancia. Desconsoladamente”.

El teléfono al fin sonó. No era la voz de su hijo. Una desconocida le trasladó la noticia. “Lo siento mucho, señora” fue lo último que escuchó. ¡Qué frase tan hueca y a la vez tan llena de dolor!

La madre contemplaba en la camilla la foto de su hijo abrazado a ella el día en que cumplió ochenta años. “Con todo mi amor, mamá”, rezaba la foto. Cogió el marco, lo besó, y sus lágrimas bañaron de dolor la fotografía de ambos. Y mientras lloraba retumbaba en sus oídos la frase que nunca llegó: “Estoy bien mamá, te quiero”.

Ella, apretando la foto contra el pecho, le respondió: “Y yo, hijo mío. Siempre te querré”.

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