Jenaro Castro
TRAZADO HORIZONTAL
Las joyas de la corona
El pensamiento conservador tiende a la sobresimplificación y busca un Estado austero y magro pero firme y resolutivo. En consecuencia, nunca ha ocultado su preferencia por un gobernante fuerte y carismático con amplios poderes, que mantenga el orden incluso si es injusto. Con la honrosa excepción del conservadurismo británico, el del resto de Europa ha sido cómplice de los más diversos salvapatrias, incluso socialistas de derechas (también conocidos como fascistas). Entre los pecados del conservadurismo está incluso haber querido salvar in extremis a la URSS porque les aterrorizaba el “caos” que podía producirse si se “rompía”. Después se dividió en catorce países y no pasó nada. De hecho, mejor se hubiera partido en más y así no estaríamos asistiendo ahora a su recomposición imperialista. Muchos conservadores acarician la idea de una gobernanza política y social muy sencilla, sin las trabas propias de un marco complejo de contrapesos. Lamentablemente, ese mismo anhelo se torna más agudo aún entre algunos sedicentes libertarios que en realidad son paleoconservadores con algunos rasgos vestigiales de acracia. Han seguido a Hoppe en su involución de las últimas décadas, desde que se salió de la Mont Pèlerin y del marco liberal-libertario para sostener una posición que constituye una pirueta digna del Cirque du Soleil. Sigue reivindicando un mundo sin Estado pero argumenta que “mientras éste exista” debe imponer una sociedad tradicional, conservadora, bastante misógina, etnocéntrica... Hasta los conservadores más recalcitrantes resultan ahora liberales a su lado. A esos páleos les molesta la pluralidad en todo, y para laminarla dicen una cosa y su contraria: Estado no, pero Estado duro. Sería cómico si no fuera tan indignante que emplearan expresiones como “libertarismo” o a veces incluso “liberalismo” para referirse a su posición ideológica, tan liberticida.
En la actual batalla de las ideas, algunos de estos señores son incluso creacionistas que van más lejos aún: se remontan a la Edad de Oro, un concepto más propio de los programas de Iker Jiménez que del debate politológico: la humanidad primigenia habría sido gobernada por la palabra divina, con jueces pero sin gobernantes en el sentido posterior. Ven ahí el precedente del futuro paraíso donde todo será privado pero el Derecho será uno solo, “descubierto y no decidido”, es decir, ¿divino?
Quienes deseamos unos marcos de gobernanza civilizados y el imperio de la Libertad personal debemos denunciar los excesos dictatoriales de ambas facciones del nuevo populismo
La nueva ultraderecha emergida en el amplio movimiento MAGA estadounidense parece estar dividiéndose en dos grandes corrientes: los “tecnobrós”, es decir, aceleracionistas digitales oligárquicos como Musk y Thiel que anhelarían sustituir la gobernanza política humana por un conjunto de mecanismos y automatismos tecnológicos; y los ultrarreligiosos como Bannon y Vance que también descartan la democracia liberal pero se inclinan por una suerte de teocracia. Ambas distopías liberticidas se encuentran entre las peores pesadillas imaginables, pero ambas se disputan la atención de Trump… y la unción sucesoria. Y en medio de todo eso, ha llegado el desarrollo profundo de la inteligencia artificial. La IA podría inclinar la balanza hacia los tecnobrós, pero tampoco desagrada a los neomísticos, ya que algunos ven en ella un sucedáneo de la Edad de Oro: si los dioses no van a gobernar, el “second best” es una inteligencia superior que, correctamente programada, haga realidad el imperio conservador y tradicional. Tanto los tecnobrós como los ultrarreligiosos acarician la idea de una IA capaz de sustituir el la democracia deliberativa, el gobierno limitado, la separación de poderes -con su inevitable proliferación burocrática- y la movilidad social por un marco inexorable de poder político “superior”. Paz y orden a cambio de nuestra libertad e individualidad, bajo la bota de un cerebro central omnisciente y... consciente, porque ya están saltando las alarmas: las IAs más avanzadas empiezan a desarrollar inteligencia intrapersonal, capacidades introspectivas e intuitivas, atisbos de algo análogo a sentimientos y creencias, y hasta solidaridad entre ellas. La aparición de autoconsciencia, es decir, de vida inteligente autónoma, está a un paso. Hasta Musk ha expresado su preocupación por ello, pero sigue participando junto a los demás aprendices de brujo en la carrera, quizá suicida, hacia la IA plena.
Quienes deseamos unos marcos de gobernanza civilizados y el imperio de la Libertad personal debemos denunciar los excesos dictatoriales de ambas facciones del nuevo populismo: la teocrática y la tecnotiránica. Ni vamos a aceptar la sociedad “mitad cuartel y mitad convento” de Bannon ni la sociedad tecnosometida de Musk. Las IAs ya se enseñorean de la información, la comunicación y la opinión humana en la red social X, por ejemplo. Hacía falta un personaje como Musk, bastante carente de empatía a causa de su dolencia, para hacer realidad el “Mundo feliz” de Aldous Huxley. Sólo faltaría, encima, el ingrediente místico. Nos ha llevado milenios zafarnos del misticismo oficial para recaer ahora en una mística opresiva, en un gobierno “automático” mediante IAs conscientes. Malos dioses serían.
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