Jenaro Castro
TRAZADO HORIZONTAL
El show de la tiranía
CUENTA DE RESULTADOS
Hay una escena que se repite con Donald Trump: el mundo se escandaliza por sus desvaríos, se burla de sus excentricidades y, al final, ajusta sus decisiones para no chocar con él. No ocurre siempre, ni con todos, pero ocurre lo suficiente como para que merezca un análisis menos moral y más económico. Porque el fenómeno no se explica solo por afinidades políticas, sino por una lógica de poder: Trump suele plantear la relación internacional como un trato. Y cuando el trato incorpora una amenaza creíble –aranceles, sanciones, veto comercial o presión militar– muchos estados y grandes compañías terminan plegándose, aunque sea a regañadientes.
¿Por qué tantos gobiernos y empresas acaban obedeciendo a Trump? De momento, Europa negocia para limitar daños y América Latina se divide entre la condena y el cálculo. La prueba más reciente está en el petróleo venezolano.
Tras la captura de Nicolás Maduro, Trump reunió a ejecutivos de grandes petroleras y les pidió inversiones masivas para reconstruir la industria: cifras que se mueven en el entorno de los 100.000 millones de dólares y que incluirían a compañías como Chevron, Exxon Mobil o ConocoPhillips. La oferta, envuelta en promesas de seguridad total, era tan política como empresarial: no se trataba únicamente de extraer crudo, sino de redibujar quién manda en su comercialización y en su gobernanza.
En ese tablero aparece Repsol con una frase que retrata la época: “Estamos listos para invertir más en Venezuela y triplicar la producción allí”, aseguró su consejero delegado, Josu Jon Imaz, ante el propio Trump, mostrando disposición a invertir tanto en EEUU como en Venezuela. Que el ejecutivo sea, además, un expresidente del PNV añade un matiz interesante: no hablamos de un actor ideológicamente alineado con el trumpismo, sino de una compañía que interpreta el nuevo marco de poder y se posiciona.
Cuando Trump convierte el acceso al mercado en palanca, la ideología pesa menos que la cuenta de resultados: Repsol lo sabe
¿Por qué? Por una razón sencilla: la política exterior de Trump convierte la incertidumbre en coste y la obediencia en opción de negocio. Si Washington controla el acceso, la seguridad jurídica (o su promesa) y la puerta de salida del crudo, las petroleras hacen lo que hacen siempre: cubrirse y colocarse cerca del centro de decisión. Incluso cuando el riesgo país es evidente y el historial de expropiaciones invita a la cautela, el tamaño de la oportunidad y el miedo a quedarse fuera empujan a moverse, aunque sea con reservas.
La Unión Europea ofrece un segundo ejemplo, más incómodo porque revela cómo se dobla un bloque que presume de autonomía estratégica. En julio de 2025, Bruselas y Washington anunciaron un marco para evitar una escalada arancelaria: un techo del 15% para la mayoría de las exportaciones europeas, frente a la amenaza de tarifas mayores. La letra pequeña, además, incluía compromisos de compras energéticas a EEUU y nuevas inversiones en suelo estadounidense. El resultado fue recibido con una mezcla de alivio y amargura: estabilidad a cambio de aceptar una relación negociada bajo presión.
Este es el punto clave: la UE no se convierte al trumpismo, se adapta. Muchos gobiernos europeos han criticado a Trump, pero han terminado avalando un acuerdo que limita el daño a sus industrias exportadoras (automoción, farmacéuticas, semiconductores) y comprando tiempo político. Veremos qué pasa ahora con Groenlandia, de momento bajo control de Dinamarca.
@J_L_Gomez
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