Xabier R. Blanco
CLAVE GALICIA
Café con Amancio Ortega en Zara
Hay una tradición de médicos literarios. El doctor Miguel Abad, que escribe cada semana en este periódico, acaba de firmar un brillante artículo generacional: “Los chavales del Texas”. Describe su generación y el garito donde se reunían. El futbolín presidía el local. Sonaba con frecuencia “Sex Machine” y su get up (get on up), que era el himno de aquella vasca. “Los chicos del Texas fumaban rubio, Winston, Marlboro o Camel, lo que cayera. Dame un pito. Dame una calada. Déjame la pava”.
La mítica banda de rock Topo canta: “En Madrid, en mi barrio, en un billar, una banda de chicos con un cigarro en la boca arreglábamos el mundo a golpes de futbolín. Mis amigos con los que jugué/ dónde estarán./ Mis amigos con los que hice la revolución./ Mis amigos en un tresillo se aplastarán”.
Escribe Abad: “Atufando a Agua Brava, macarras de ceñido pantalón”. Bueno, Miguel, de aquellas lo que fardaba era el Varón Dandy. Los tiempos del Texas eran de los “pandilleros suburbiales”. Cantó Bruce Springsteen, “los chicos se citan para pegarse allá bajo el puente del río”. Vaya bandas que había en la ciudad. Qué líderes bravos. La pandilla del Jardín y la del Puente se daban de hostias detrás de los coches de choque. Ah, los coches de choque, de eso no hablaste. Sus potentes altavoces fueron quizá los primeros que trajeron el rock a la ciudad. Cómo embestíamos con furia para sentir las rodillas de ella.
Cielo santo, todavía no había llegado la maldición de las drogas. Como mucho, se fumaba algo de lo que traían los legionarios de Marruecos. “Delante del Texas se aparcaban motocicletas: Ossa, Bultaco y alguna Punch Minicross”. Cierto, era la “prehistoria del cinturón de seguridad”. Muchos se estrellaron en aquellas carreteras a veces sin asfaltar y mal señaladas. En fin, esa fue la generación del futbolín.
Cambiaron los tiempos. El derrumbe comenzó cuando se estrellaron en el suelo las redondas gafas del hermano John Lennon. Escribe Miguel: “Para pasar de la verdad fueron jinetes desesperados de un caballo llamado muerte”. Carajo, hermano, hay algo en lo que no estoy de acuerdo contigo. Ignorantes sí, pero soberbios no. La maldición llegó sin avisar. Hay que joderse, todo dios enganchado. Ya escribí que en aquellos años no quedó ni una farmacia en Ourense sin atracar. Y de pronto, llega el sida también a esta “pequeña ciudad sórdida, perdida, municipal y oscura por la que pasaban largos trenes sin destino”, como la definió Valente.
Allá en los ochenta, retraté a esta generación en una canción: “Generación límite”. Una generación que mató sus sueños. Y, cielo santo, ¿qué nos trae el hada generacional? Llegan los nativos digitales. Ahí está la máquina que piensa por ti y te ordena: “mantente en una sedativa tiniebla”. Psiquiatras y filósofos la llaman “generación ansiosa”.
Así que, Miguel, no vayas con ese cuento a estos chicos. “Hay que educarse en valores”. Háblales de Sócrates y Virgilio. Los gigantes tecnológicos les dan acceso a todo desde el móvil. Les vigilan y les distancian del mundo real. La generación ansiosa, la primera que creció con un smartphone en la mano. Los pensadores nos previenen de una epidemia de enfermedades mentales entre los adolescentes. Presta atención, y escucharás los pasos perdidos de la ansiedad que recorre la ciudad.
(Machado escribió: “Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla y un huerto”. La mía, “con un cigarro en la boca arreglábamos el mundo a golpes de futbolín”).
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