Carmen Tomás
UGT y CCOO, retratados
LOS ASUNTOS IMPORTANTES
Necesitamos nuestras locuritas personales. Momentos de absurdeces privadas en los que nadie debe entrar. Cositas simbólicas, particularmente bobas, para entregamos fervorosamente a lo estrafalario. Una canción especial cuando hierve la leche, un rezo secreto con los gatos, el juego de adivinar la posición de Sirio en su viaje por las ventanas de casa. Debe ser algo que hagamos conscientemente para rescatarnos a nosotros mismos. Esa es la razón de cultivar las excentricidades pequeñas, las rarezas sabrosas, que nos pongan a salvo de este mundo de locos.
En estos ritualitos nos jugamos nuestra claridad de mundo. Hay que hacer venir al imprevisible que nos habita, dejar pasar al fantoche que, precisamente por estarlo, es capaz de diseccionar la realidad y consigue ver a través de los ángulos imposibles de una vida, esta vida, en la que casi todo es una memez a la que doramos la píldora mintiendo desde nuestros disfraces de persona.
Es un grito en el que se distinguen varias voces. La del niño que viene conmigo, la mía propia, la del loco que propone estas cosas y que, curiosamente, es quien pedalea la bicicleta. El grito tiene que ser siempre descomunal, hacia afuera, con todo lo que da la voz.
Hoy habremos amanecido en este mundo con 700 millones de hambrientos mientras se tira buena parte de la comida que tanto cuesta producir. Salimos al día entre autopistas, ruido y basura, sonreiluminados, separados de toda cosa sagrada, dispuestos a talar los últimos bosques que hacen posible la vida mientras se aplasta a las criaturas sensibles que no acertamos a comprender. Esta es la civilización del desquicie, que insiste en la guerra, en el sufrimiento, que no se aguanta a sí misma ni con la síntesis de los antipreocupantes ni la meditación transcendental secularizada y empaquetada en un podcast. Nadie consigue caber dentro de nadie. Somos entes separados, sin historia coral, esquilmadores de tierras y mares, basurizadores enemigos de la belleza y la memoria. Una humanidad que ha perdido la humanidad, enfadada consigo misma y con el mundo. Una especie psicópata capaz de cosas bellas. Quizá en la familia humana ha ganado el primo tonto, ese que sueña con tener más, para el que nunca es suficiente y cree que su sangre vale más que las demás sangres.
Por todo esto (y también por nada de esto) hay que cultivar las pequeñas salidas de tiesto, equilibrarse a través de lo que llaman desequilibrio. Cada uno debe elegir la suya. Una de mis favoritas es el grito en el túnel, cuando voy en bicicleta a cambiar mi tiempo por dinero, ese negocio en el que siempre se pierde. Es un túnel breve, apenas un agujerito que cruza el mercancías y, hasta ayer, los trenes regionales en los que iba la gente (ahora sólo hay trenes para ricos y turistas, rápidos, limpios, carísimos). El túnel es una bovedita de hormigón encofrado a mano, en donde pueden leerse las vetas de los tablones. Allí la voz rebota sin demasiada magia, apenas unos milisegundos de reverberación, cuando la palabra que lanza uno mismo arrastra a la palabra que resuena, dura y seca.
Es un grito en el que se distinguen varias voces. La del niño que viene conmigo, la mía propia, la del loco que propone estas cosas y que, curiosamente, es quien pedalea la bicicleta. El grito tiene que ser siempre descomunal, hacia afuera, con todo lo que da la voz. Es un grito sin nombre. Un “eeoooo” prosaico pero vaciador, que se lanza a lo oscuro y aún se puede escuchar del otro lado, instantes después, como audiencia de uno mismo. Pocas veces me he cruzado con alguien al gritar. Tal vez un peregrino adormilado o unos operarios que arreglaban una tubería al otro lado. Todos ellos sonrieron largamente, aprobando la travesura, como si hubieran gritado conmigo. Gritar, gritar así, es una forma de vivir.
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