Guantes de jardinero

Publicado: 04 ago 2024 - 00:41

Uno no sabe si decir jardín, si decir huerto, si decir qué. El pedazo de tierra que rodea mi casa fue viña y patatal y ahora quiere ser bosque de cerezos y también un mar de helechos. Me gusta verlo verde y salvaje. Voy plantando lo que puedo, sobre todo árboles, y también alguna cosa de comer. No es un lugar que quiera mantener obsesivamente, ya que nadie corta la hierba, nadie protege los plantones de tomate, nadie poda los árboles. Uno quiere dejar a las plantas en paz, como hacen los sabios mejores con todo lo vivo. Todas las criaturas son aquí bienvenidas, también la marta y el jabalí. Ningún estropicio es comparable al miedo al estropicio.

Bajo a las cosas del jardín-huerta con alguna herramienta, tal vez un sombrero y siempre los guantes de jardinero. Los míos no son esos de tela con apósitos plásticos que permiten agarres fenomenales. No. Los míos son los guantes de flor de piel de toda la vida. Un patrón sencillo en cuero teñido de blanco, con el dedo gordo cosido aparte y ajuste elástico en la muñeca. Están rematados por un hermoso ribete color rojo que antes hacían amarillo. Con ellos puestos, la mano se transforma y toma una valentía nueva a la hora de agarrar tallos de rosales o manejar unas zarzas. Permiten excavar en la tierra sin comprometer las uñas o empuñar la azada sin temor a nuevos callos.

Cada vez que uso estos guantes, las manos quedan perfumadas del aroma del cuero curtido, algo adictivo y uno se descubre acercándolas golosamente a la nariz horas después. Están conmigo desde hace años, su piel está llena de rayones y, aunque tienen algún agujero en alguna yema, nada compromete su misión profiláctica. Lo mejor de estos guantes es que están moldeados para la anatomía de mis propias manos. Cuando, después de algún tiempo, guantes y manos se reencuentran, sucede una celebración secreta. Pueden empaparse o llenarse de tierra, herirse con un espino o rozarse con una piedra, pero ahí están, cada temporada. Son honestos, fiables, excelentes. No conozco guantes mejores a quien confiar las manos cada vez que las pones en riesgo. Todo aliado debería ser así, en el jardín y en la vida.

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