Manuel Baltar
Conectados ao futuro
EL ÁLAMO
Aquel Poncio Pilato se vistió de posmoderno, arrollado por la corrección política y el relativismo. Parece un político de 2026. Muy de mañana, tal vez asomaban aún las primeras luces del día, cuando Jesús fue enviado a la tortura y la muerte. Azotado, escupido y vejado. La corona de enormes espinas. La sangre a borbotones sobre el cuerpo limpísimo de quien tanto bien había hecho. La maldad morbosa. La sinrazón asesina. La risa salvaje de quien ha cerrado la boca a su conciencia con el mayor de los pecados. Todo tan contemporáneo como mirarnos al fondo del corazón.
La Vía Dolorosa camino del Gólgota. Eran aún las primeras horas del día cuando Jesús, ya cubierto de sangre y heridas, arrastraba penosamente la cruz. A los lados, a veces el silencio, a veces la ofensa. En todas partes el miedo. Quien se recrea en la violencia intenta así olvidar sus temores e inseguridades. Y, de pronto, los ojos vidriosos de María. La tradición sitúa a la Virgen en el camino, cruzando su mirada con la de Jesús, y solo Dios sabe qué intensa pudo ser la tristeza de ambos corazones en ese instante.
Un precioso poema medieval, de origen franciscano, recoge esas últimas horas de silencioso acompañamiento de la Madre al Hijo injuriado, herido hasta verter la última gota de sangre, e injustamente condenado por los mismos hombres que poco antes lo aclamaban y le pedían milagros, curaciones, y palabras de sabiduría y esperanza. Para la Virgen, allí terminaba la aventura que comenzó en Belén, cuando con amor inmenso descubrió las primeras carantoñas del Niño Dios, en la pobreza de la cueva que encontró San José. Era el mismo Jesús al que adoraron los Magos, el mismo bebé que abrazó en las primeras noches, el mismo que pasó tantas horas aprendiendo el oficio de carpintería, jugando entre maderas y herramientas, antes de su vida pública.
A primera hora de la tarde, los soldados acuden a comprobar que Cristo ha muerto, y ya ni siquiera le quiebran las piernas para acelerar el proceso como solían
Ahora, en el primer Viernes Santo de la historia, María contempla a su Hijo a una cierta distancia de la cruz, rodeada de soledad, silencio y un odio espeso, que pronto se volvería temor en los soldados romanos al ver la actitud de Cristo en la cruz, y en medio de una inquietante oscuridad, tras ocultarse el sol en mitad de la agonía. “Stabat Mater dolorosa / Iuxta crucem lacrimosa, / Dum pendebat filius. / Cuius animam gementem / Contristatam et dolentem / Pertransivit gladius”, reza el poema que se atribuye al fraile italiano Jacopone da Todi. Es decir, “Estaba la Madre dolorosa / junto a la cruz, llorosa, / mientras pendía el Hijo. / Su alma, gimiendo, / entristecida y doliente, / fue atravesada por una espada”.
Jesús acaba de entregar a su Madre al discípulo amado –“ahí tienes a tu hijo, ahí tienes a tu madre”-, el sol se ha oscurecido de pronto, y ya no parece hablar hacia los hombres sino hacia el Cielo. Gotea por el madero el último suspiro de la vida de Cristo y es posible que ningún otro silencio haya sido tan intenso como el de aquellas horas de temor en los hombres y agonía en el Hijo de Dios. Entonces, de pronto, Cristo rompe el silencio con una oración que todavía hoy nos estremece, que empapa toda nuestra fe del misterio de Dios: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Pocos minutos más tarde, tan solo con un hilo de voz: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Y cae su cabeza repentinamente, como tantas veces hemos visto en las representaciones de arte sacro.
A primera hora de la tarde, los soldados acuden a comprobar que Cristo ha muerto, y ya ni siquiera le quiebran las piernas para acelerar el proceso como solían. Lo encuentran sin vida y tan solo lo atraviesan con una lanza, poco antes de bajarlo de la cruz. José de Arimatea había pedido el cuerpo de Jesús y Pilato se lo concedió. Es fácil imaginar a la Madre de Cristo abrazando su cuerpo santo, en el momento de mayor dolor y soledad de la Madre Dolorosa, de la Virgen de la Soledad. Y horas después veremos a la madre a la puerta del Santo Sepulcro. Pilato había mandado sellarlo con una gran piedra y había ordenado que varios guardias vigilasen el lugar para evitar que sus discípulos robaran su cuerpo. María, de nuevo, en acompañada soledad, llorará por última vez junto al Hijo su pérdida y le rogará al Padre, abrazándose a la esperanza de la resurrección.
“Stabat Mater Dolorosa” es la escena más íntima, más enigmática, más perturbadora de la historia de la salvación. Cada procesión de Dolores, cada procesión del Santo Entierro, cada procesión del Silencio, tenemos una nueva oportunidad para estar, hoy como ayer, junto a la Madre Dolorosa, entre la angustia de la muerte del Hijo y la esperanza sosegada en que Dios tiene siempre la última palabra. La muerte no era el final.
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