Eduardo Medrano
Motín de Esquilache
Dice el refrán que “poderoso caballero es don Dinero”, pero esa visión está bastante sesgada por la falta, precisamente, de dinero. Es la visión de quienes no lo tienen. Las élites no buscan exactamente dinero, sino poder. Con el poder obtienen dinero, y muchas veces lo contrario es, no sólo falso, sino la receta de un estrepitoso fracaso. Que le pregunten, por ejemplo, a Elon Musk, que se ha dejado buena parte de su fortuna y del valor de la acción de sus empresas (además del valor de las marcas) para, al final, salir de la Casa Blanca “compuesto y sin novia”: ni un solo logro medianamente sustancioso, ni un mero arañazo al presupuesto expansivo del socialista de derechas Donald Trump. Asistimo hoy a una guerra global, no tanto de naturaleza económica como por el poder en su más pura esencia. El dinero sólo es instrumental a los dos bandos. Y es una guerra ideológica. Los dos sectores que la libran son internamente complejos y heterogéneos. Ambos son coaliciones de intereses no siempre alineados por completo. En un bando está el Occidente heredero de la tradición liberal ilustrada y burguesa. En el otro, quienes rechazan esa tradición y buscan restaurar sociedades más jerárquicas, más autoritarias y menos individualistas. En el primer bando están, sobre todo, los liberales y sus múltiples variantes. Pero forman parte de ese campo, también, todos los conservadores, socialdemócratas, democristianos y otras corrientes ideológicas que, mal que bien, asumieron en su día los grandes fundamentos de la democracia liberal. En el otro bando está el pacto, no contra natura sino muy natural, entre autoritarios o totalitarios con rasgos de izquierda y con rasgos de derecha. Son primos hermanos y herederos de Ribbentrop y Molotov. No fue anecdótico que las SS nacional-socialistas desfilaran en 1941 por la Plaza Roja socialista-internacionalista de Moscú. Si Hitler no hubiera cometido el error estratégico supino de atacar a la URSS, la alianza de ésta con el Tercer Reich habría seguido adelante frente al enemigo ideológico común: el liberal-capitalismo.
Con la salida estrepitosa de Elon Musk de la Casa Blanca, llevándose como souvenir el estuchito con las llaves del Despacho Oval, se ha puesto en evidencia el carácter intensamente ideológico de la confrontación política que sucede en los Estados Unidos, en Europa y en el mundo. Ha ganado Steve Bannon, que no tiene dinero propio y sí mucha ideología (la de Dugin y Evola), y han perdido, dicho sea de paso, los sedicentes libertarios que, ingenuos y fusionistas, habían creído posible inyectar dinero al monstruo del movimiento MAGA y luego domarlo como en un rodeo, porque “poderoso caballero…”. Qué imbéciles. No funciona así. Igual que los empresarios de la década de 1930 que apostaron por el fascismo y lo financiaron, se han visto estafados por sus herederos. La Historia se ha repetido. Y por mucho dinero que tenga Musk, mucho más tiene el régimen de Putin después de treinta años de pillaje oligárquico.
Estamos viendo, elección tras elección y acontecimiento geopolítico tras acontecimiento geopolítico, la separación de las aguas del mar Rojo. A un lado, la cosmovisión de los autoritarios antimodernos, moralizantes y “trad” que anhelan una sociedad mitad cuartel y mitad convento. Al otro, el modelo de sociedad pluralista, heterogéneo y basado en el individuo y su libertad, sin más límites que la de otra persona. Da igual que en el primer campo coincidan Nicolás Maduro y Viktor Orbán, o Kim Jong-un y Donald Trump: es un mismo bando. La estética es sólo la capa superficial. La cosmética puede llevar hoces y martillos o el extraño “sieg heil” semicamuflado de Elon Musk, no importa. Y en el otro lado, el nuestro, el de Jovellanos y Madariaga, y Milton y Locke, y Mill y Bastiat… lo que está es la razón, y con ella la dignidad humana, imposible sin el valor supremo: la libertad. Pero nos faltan dos cosas. Por una parte, debemos hacer autocrítica y limpieza en casa, porque la forma de gobierno resultante, la democracia liberal, se nos ha llenado de corrupción, estatismo y favoritismo, y necesitamos reducir el Estado a cuatro tareas tasadas. Necesitamos renovar el sistema acabando con el obsoleto “consenso socialdemócrata” que lo ha teñido y ha resultado paternalista hasta la asfixia y corruptible hasta la podredumbre. Y por otra parte, debemos ponernos firmes y establecer límites claros a la participación en política. La democracia no puede seguir siendo sinónimo de chicle estirable ad infinitum. El populismo no cabe. La ultraizquierda y la ultraderecha no caben. Tenemos derecho a defendernos de estas quintas columnas destructivas. Necesitamos ampliar y precisar, en un documento de rango constitucional para cada país, la amplia pluralidad de opciones admisibles, y excluir al mismo tiempo a quienes, pintados de rojo o de negro, nos arrastran de vuelta al pasado. No importa cuántos sean ellos, ni siquiera importaría que llegaran a ser mayoría: mucho más valor tiene la libertad individual de cada uno de nosotros, de cada ser humano. Ese es el legado ilustrado, y no es negociable.
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