Una habitación con cinco esquinas

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Publicado: 05 sep 2026 - 05:50
Opinión Isaac Pedrouzo
Opinión Isaac Pedrouzo | La Región

Recuerdo todas las esquinas de la habitación, donde el polvo se había instalado como si alrededor no hubiese un rincón más confortable.

Mi habitación tenía cinco esquinas.

Una más que todas las habitaciones que yo había conocido antes.

La esquina extra sucedió, supongo, por culpa del mal día de un arquitecto. De alguien que no quería ser arquitecto. Que terminó siendo, qué sé yo, guionista. Diseñador de ropa que nunca se pondría. Quizás fue por culpa del licor. O porque el plano se dobló justo por el vértice de la esquina de mi habitación.

Las casas (y las cosas) tienen eso: que a veces se terminan mal.

Recuerdo todas las fotos que empapelaban las paredes. Sabrina Spellman, The Edge. Ana y Otto. El celofán en tensión. Las fotos que servían como contención de todas las grietas que amenazaban con partir la habitación en dos. Las grietas contagiadas por la cárcel abandonada que me vigilaba por la ventana. Desde el otro lado de la calle. Desde todas mis inseguridades. Vigilaba las distintas maneras de romperme.

La habitación de cinco esquinas, la que estaba llena de todos los desórdenes distribuidos en una disposición caótica de mi propia realidad. De mis cosas.

En el armario empotrado mamá descolocaba la manera anárquica con que mi ropa descansaba por las noches. Que por el día dormitaban sobre la cama. Sobre una silla. Encima de una alfombra.

Y ella recuperaba allí sus pantalones grises de ante, los que yo me ponía algunas veces porque nunca distinguí del todo la ropa de hombre y la ropa de mujer.

La habitación de cinco esquinas, la que estaba llena de todos los desórdenes distribuidos en una disposición caótica de mi propia realidad. De mis cosas.

Algunas bragas me resultaron más confortables que todos los slips blancos que me violaban la regañeta. Que cuestionaban el tamaño de mi entrepierna.

Solía mirar la quinta esquina desde el escritorio de madera de carballo donde grabé mis iniciales con surcos de boli bic cientocincuenta veces.

IRP. RIP. IPR. PIR. Cientocincuenta y una.

Bajo la cama acumulaba todas las cartas que le escribía a escondidas.

Las del amor.

Las del odio también.

Y era ese excedente estructural que convertía la quinta esquina en el escondrijo exclusivo donde todos los incidentes se volvían inofensivos y los dolores de barriga solo eran dolores.

Te recuerdo allí, en la quinta esquina, juzgándome desde el marco que colgaba de la pared. Al lado del calendario, de los horarios, de los deberes. No sé el momento exacto en que la vida se convirtió en deber.

Instalé una silla de mimbre en la quinta esquina. Como la de Emmanuelle. Por si un día venía a verme y podía mirar su cuerpo a contraluz. Porque era en esa esquina, la quinta, que por la mañana daba el sol. Que por la noche me esperaba la parálisis del sueño. Puntual. Vestida de negro.

Todas las demás habitaciones en las que viví después tenían cuatro esquinas.

Qué manía tienen algunos con terminar mal las casas, las cosas.

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