Siempre hay flores

EL ÁLAMO

Publicado: 16 jul 2026 - 04:40
Itxu Díaz
Itxu Díaz | La Región

Casi un cuarto de los españoles consume tranquilizantes y España es el tercer país de la Unión Europea en el ranking de demanda de antidepresivos, que ha aumentado un 50% en menos de una década. No me gusta la facilidad con la que se emplea la pandemia como excusa para evitar profundizar en tendencias que vienen de más allá, pero sería estúpido negar que los encierros y la gestión criminal del coronavirus aceleró el desastre psicológico. Sin embargo, veo la belleza de la puesta de sol veraniega en la Costa de la Muerte, las terrazas llenas en todo el país para ver animar con alegría a la Selección Española, y las infinitas fiestas populares en cada ciudad, en cada pueblo, y me cuesta comprender qué es lo que hemos hecho mal los españoles. Algo no cuadra. Quizá no sea tan difícil adivinarlo.

No hay primavera que no venza al invierno, como no hay amanecer que no doble las costuras a la noche"

Algunas veces es la inercia de una vida atrapada en la histeria de la supervivencia. Otras simplemente una luz que se apaga. Y otras nos muerde el bicho de la nostalgia, de pensar que todo era mejor antes, cuando quizá estábamos peor. Apartar a Dios del mundo es dejar de lado toda esperanza, y borrar el sentido de la vida y el dolor, algo que los fanáticos del laicismo jamás contemplaron antes de ocultar los crucifijos bajo los pupitres. Son ese tipo de gente que jamás piensa en las consecuencias reales de sus actos y de sus ideas, tan solo reflexiona sobre ecuaciones imaginarias.

Los demonios de la cabeza nos acechan a todos. Los años te hacen valorar la calma. Pero los años también incrementan la amenaza del monstruo de una tristeza silenciosa, algo casi connatural a la existencia en estos días de líquida posmodernidad, siguiendo la inspirada idea del sociólogo Zygmunt Bauman.

Las horas enterradas frente a un televisor, las sillas vacías que parecen colgarse del lacrimal de nuestros ojos, los días arrojados a la basura pasando el “scroll” de TikTok, o la epidemia de soledad que asola a todo Occidente, no nos ayudan a ver el mundo en color. Al tiempo, el mal, la fealdad, el horror, la injusticia, la falta de empatía de tantos que nos rodean, nos oprime ahí fuera, y nuestra propia casa se vuelve entonces un fortín donde intentar preservar lo que nos queda de alegría. El tedio, la trampa de la monotonía, se encarga de hacernos pensar que ya nunca vendrá nada bueno, nada nuevo. Qué inmenso error.

Porque siempre hay flores. No hay primavera que no venza al invierno, como no hay amanecer que no doble las costuras a la noche, por muy oscura que sea, como fue la de San Juan de la Cruz, que nadie la ha descrito mejor en la literatura universal.

Hay flores. Siempre hay pétalos. Siempre hay rosas, lirios, y claveles. Están los amigos y los vecinos. Está la familia y los libros. Están los atardeceres de verano, los largos y serenos trigales, y los árboles colmados de fruta. Está la grandeza de la música española, la fiesta de la Santa Patrona en cada pueblo de España, y las fotografías de una niñez feliz.

Están los amores que vivimos, y los que aparecen de pronto, helándote la piel, cuando ya no esperabas a nadie más en tu vida; alguien capaz de violar el fortín entristecido de tu casa. Están los viejos conocidos, y los nuevos, que llegan con la novedad de su carácter, con sus virtudes y defectos, demostrando que Dios se divirtió un montón haciéndonos a todos genuinamente diferentes.

Están los sueños que nadie nos puede robar, las películas que nos gusta volver a ver, y las canciones que nos ponen a bailar. Están los juegos y el vino, las carreteras infinitas de la onírica España de las comarcas, y la actitud del Quijote de Julio Iglesias.

Está aún, en fin, todo, por asomar en medio de la noche. En los días solitarios, taciturnos, envejecidos, en que notamos que se nos apaga dramáticamente el último farolillo, el último chispazo que nos conectaba con la ilusión de zagales que un día tuvimos, no debemos olvidar que, después de todo, siempre hay flores. Y siempre hay alguien esperando a que se las llevemos, recién cortadas, y adornadas con una generosa sonrisa.

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