José Manuel Torralba
La pobreza estructural transforma los terremotos en catástrofes
En la cola del supermercado, cuando pisas un adoquín falso y el empeine termina empapado, al partir una croqueta y que esté fría por dentro, que te dejen en visto, que te respondan con un pulgar hacia arriba. Con un Ok. Con un punto y final.
El rencor está en todos los días. En todas las horas.
Está en los nombres falsos tras los que se esconden en las redes sociales, en los sitios que no cobran por separado con tarjeta, cuando no existe opción sin lactosa, en los cinco minutos que duran diez. En la mirada de tu vecino desde el ascensor mientras le da al botón de cerrar las puertas. En como sonríe, tranquilo, en su expresión de alivio.
El rencor está en el final de temporada, cuando creías que la serie ya se iba a terminar, al sentarte en el tren porque el señor de al lado ha decidido no cerrar las piernas, en que le dé lo mismo. En su creencia de que todo aquello es su sitio. El rencor en la espera porque en el concierto está todo listo pero no lo dejan comenzar, porque empieza cuando te tienes que ir. El rencor se instala en todos los altos que no te dejan ver, que no te dejan escuchar.
El maldito rencor de los que hablan cuando no hay que hablar.
El rencor pasa por encima de los pasos de cebra sin detenerse, te llega en un mensaje diciéndote que no estabas en casa para recoger un paquete y tú allí, en la espera inútil de toda la mañana. Está en los discos rayados, en las ampollas que provocan los zapatos nuevos, en los céntimos de más del café con hielo. Y se puede ver, no, casi tocar el rencor en los audios demasiado largos.
En los “unfollows”.
Hay más rencor en un “unfollow” que en un vete a la mierda.
En el agua transparente que sale del bote del kétchup justo al echar, en el aceite cuando salta. El rencor está en el color ámbar de los semáforos, en todos los “qué suerte tienes” después de haber hecho una carrera, dos másteres. Está en la maleta que no cabe debajo de los pies, en los reposapiés a donde las personas bajitas no llegan. Hay rencor en el check-in de las 15:00, en el check-out de las 11:00. Está en el hueco que hay entre la espalda y la pared.
El rencor aparca en doble fila, fuma en el ascensor, se pasea con su paraguas por debajo de todas las cornisas, firma con “un salido” todos los mails importantes.
En la cuota de mantenimiento de la cuenta bancaria que juraron te iban a quitar, ahí también está el rencor. En todas las llamadas que te cuelgan, que no devuelven, el rencor cobra pluses, vende humos y financia sin papeleos ni intereses a plazo variable todas las inseguridades. Todas las imposiciones.
El rencor te deja en espera cada vez que llamas para pedir un taxi, está en la espera sin tiempo estimado, te sirve la coca cola sin hielo, sin limón, te despierta por la noche en el lado caliente de la almohada.
El rencor está ahí, en todos los lugares de todos los días.
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