Julián Pardinas Sanz
Cheque en blanco
Durante siglos, la herencia fue un asunto grave, casi ritual. Algo que se preparaba con el mismo cuidado con el que se ordenaban los papeles finales o se elegían las últimas palabras. Heredaban los hijos, con mayor o menor merecimiento; a veces los nietos y, en ocasiones, incluso los sobrinos que aparecían puntualmente los domingos. Hoy, sin embargo, la herencia ha entrado en una fase peculiar: hereda el perro. Con notario, cláusula específica y administrador designado para que el animal no dilapide el patrimonio en caprichos impropios de su especie.
No es que el perro haya experimentado una elevación intelectual o moral. No ha adquirido conciencia patrimonial ni sentido de trascendencia. El cambio no está en el animal, sino en el adulto. Instituir heredero a un perro no es una extravagancia simpática, es un síntoma de época: la renuncia a transmitir algo más que bienes.
El perro ocupa hoy el lugar que antes pertenecía al hijo, no tanto por exceso de afecto hacia los animales como por desconfianza hacia lo humano. Mientras al hijo hay que educarlo, explicarle el mundo y asumir el riesgo de que lo discuta, la mascota no plantea exigencias morales. No pregunta. No interpela. No reclama coherencia. Acepta. Y en esa aceptación el adulto contemporáneo se encuentra aliviado: cuidar sin ser cuestionado, querer sin exponerse, ejercer autoridad sin consecuencias.
La paradoja es evidente. Se legisla con fervor por el bienestar animal mientras se desconfía de la autonomía moral del individuo. El galgo tiene su sitio en el sofá y en el testamento.
Humanizar a la mascota suele presentarse como un gesto de ternura cuando, en realidad, encubre una pereza moral cuidadosamente envuelta en buenos sentimientos. Vestir al perro, hablarle como a un niño o atribuirle intenciones humanas no lo convierte en persona; rebaja, en cambio, las exigencias de la condición humana. Como decía George Eliot: “Los animales son amigos tan agradables que no hacen preguntas ni críticas”. Frente a la complejidad del trato entre iguales, se elige una relación sin fricción, donde el afecto está garantizado y la contradicción desaparece.
Nunca se habló tanto de humanidad como en una época que desconfía del ser humano. Al animal se le reconoce dignidad jurídica, al ciudadano, incapacidad. El primero entra en el Código Civil, el segundo abandona la categoría de adulto responsable y pasa a ser administrado, tutelado y corregido sin pausa.
La paradoja es evidente. Se legisla con fervor por el bienestar animal mientras se desconfía de la autonomía moral del individuo. El galgo tiene su sitio en el sofá y en el testamento. El abuelo, en cambio, debe demostrar cada día que sigue siendo útil.
Humanizar a las mascotas no las protege, las convierte en refugio emocional. El animal necesita cuidado, respeto y límites acordes a su naturaleza. Transformarlo en heredero simbólico es trasladar sobre él aquello que ya no queremos asumir en lo humano.
El perro, fiel hasta el final, moverá la cola. Será el heredero perfecto de una sociedad que ya no quiere dar explicaciones, que teme la mirada del otro, que delega responsabilidades, evita preguntas incómodas y prefiere legar su mundo a quien nunca lo cuestionará. Mientras el humano se retira, el animal recibe lo que solo otro humano podría reclamar: decisiones, errores y silencios. Y en esa lealtad muda, el perro se convierte en el testigo más honesto de nuestra renuncia: imperturbable, agradecido y completamente ajeno a la vergüenza de ser adulto.
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