Chito Rivas
PINGAS DE ORBALLO
Caen os tempos
Siempre olía a humedad y tabaco. Olor genuino de duración incalculable. Legitimidad de una etapa, de muchas generaciones.
Los olores tienen eso, que nunca se olvidan y poseen el extraño poder de aparecer a traición en algunas esquinas. En el médico, en un sueño cualquiera. Al pasar por tu antiguo colegio.
A la salida del mío siempre estaba el Popotitos, que era un señor que nos miraba desde la acera de enfrente y se zurraba la sardina a gusto hasta que algún padre lo echaba de allí a empujones. Como si todos los padres fuesen inocentes. Nosotros lo imitábamos porque aquello de menearse el pitilín nos hacía gracia y todavía no lo entendíamos.
El colegio era peculiar. Se llamaba Hermanos Villar y el director era un señor con planta de militar al que llamaban Furilo.
Solo había uno. El otro Villar nunca apareció.
Lo recuerdo grande, como un palacio, aunque el tamaño cambia según la perspectiva, teoría demostrable en muchas bandejas de entrada de Instagram. Y yo nunca fui un niño alto y todo me parecía desmesurado y excitante.
No subí más allá de la primera planta, me faltaba el valor suficiente para mezclarme con los mayores y mucho menos para enfrentarme a que me mandasen al despacho del Furilo. El miedo infantil a las realidades ordinarias.
. De las columnas me acuerdo bien por haberme dejado la frente varias veces en varias huidas.
El recreo lo pasábamos en el Jardín del Posío, que más que jardín era un parque enfrente del colegio. Y digo era, que ahora ya no se sabe ni qué es. Cruzar el paso de peatones suponía la aventura más arriesgada que yo podía imaginar, bueno, eso y sobrevivir a los mordiscos de las ocas. Sí, había ocas. Una vez le mordieron a una profesora del instituto de al lado y casi le cortan la pierna. O eso me dijo el Rubén que le habían contado.
Si llovía, nos metían en el polideportivo.
El polideportivo solo era el sótano del colegio donde alguien había colgado algunas canastas, ciscado varias colchonetas creadoras de lesiones varias y estampado cuatro o seis columnas. De las columnas me acuerdo bien por haberme dejado la frente varias veces en varias huidas.
Todos nos enamoramos de Emma y Cristina. Emma ahora trabaja en algo de cultura con pinta de importante. A Cristina nunca más la volví a ver. Es probable que esté casada y tenga hijos, que esté eludiendo a los Popotitos de turno.
Mi lugar favorito del colegio era la bollería que estaba al lado. Bollería Tu Recreo. Nombre práctico y directo de mensaje evidente. Allí siempre olía a cumpleaños. La felicidad en una estancia con aroma a productos industriales.
La felicidad era un alegre ritmo moderno.
Al Hermanos Villar lo cambiaron de sitio, solo un poco más arriba, ahora tiene un patio con canchas de deporte reglamentarias, huele a ambientador neutro y, es probable, que el otro Villar todavía no haya aparecido.
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