Juan M. Casares
CASTELLUM HONESTI
Sapere aude
Hay personas que pueden cambiar de cuerpo, enfundándose uno distinto según las circunstancias lo requieren. Es el caso del joven adamuceño de 16 años Julio Rodríguez, que tenía un cuerpo relajado, feliz, mientras pescaba junto a su madre y un amigo el pasado domingo, y tuvo que ponerse rápidamente otro para socorrer a las víctimas del brutal accidente ferroviario, un cuerpo entregado, inasequible al espanto inmovilizador y a la fatiga.
La gesta humanitaria de Julio Rodríguez contrasta con la ruindad de quienes desde el primer momento han querido sacar tajada política o económica de la desgracia
“Mi cuerpo era otro, no sé cómo pude hacerlo”, relata el muchacho al recordar sus viajes llevando heridos desde el Alvia hasta donde, en torno al Iryo, comenzaban a llegar bomberos, sanitarios y otros rescatistas que no sabían que a un kilómetro de distancia se hallaba otro tren reducido a escombros, donde los supervivientes sangraban y gemían aturdidos en la cerrada oscuridad de la noche. Hasta media docena de veces caminó Julio, rasgándose los pies desnudos con el balasto, de un tren a otro, pero no sabe cómo pudo hacerlo porque su cuerpo era otro. Aunque él no acierte a explicárselo, lo cierto es que siempre tuvo ese cuerpo de bellísima persona dentro del habitual de un chico de 16 años.
La gesta humanitaria de Julio Rodríguez, como la de cuantos vecinos de Adamuz se hallaron esa dramática noche con otro cuerpo, con un cuerpo entregado al socorro de los pasajeros con los suyos rotos, contrasta con la ruindad de quienes desde el primer momento han querido sacar tajada política o económica de la desgracia. Esas deben de ser las dos Españas, la de los que tienen conciencia y corazón, y la de los que carecen enteramente de ambas cosas. Del generoso desprendimiento, incluso del propio cuerpo, de los vecinos de Adamuz, a la miseria moral de la ultraderecha o de los que aprovechan los efectos de la tragedia ferroviaria para quintuplicar los precios de otros medios de transporte, media una infinita distancia, la que separa a aquellos con un sólo cuerpo inútil de los que disponen para socorro de sus semejantes, como el joven Julio, de otro cuerpo.
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