Carlos Risco
LA CIUDAD QUE TODAVÍA ESTÁ
Las hierbas vagabundas de la cárcel vieja
LA CIUDAD QUE TODAVÍA ESTÁ
Es quizá la gran vergüenza de la ciudad reciente. Una cárcel, que ya de por sí es una mala noticia, una noticia avergonzante. Una cárcel terrible donde sucedieron cosas terribles en aquellos años terribles que algunos quieren dejar pasar para que la desmemoria se haga pasar por inocencia. Quizá porque el olvido es la condición del comienzo y quien obliga a olvidar obliga a recomenzar. Echándole un ojo al mundo, a este mundo, es inevitable pensar que es así. Esta cárcel que quiere olvidar sus propios crímenes está olvidada a su vez por los ciudadanos y los ciudadanos dirigentes, que están hechos de la misma pasta mediocre, aunque no todos anden luciendo las gónadas al sol en cualquier ocasión. Ya son demasiados los que entienden que tener un compromiso con tu ciudad tiene que ser una tortura a la inteligencia, como si la vida fuese una función del colegio.
Nadie quiere asumir la patata caliente de rehabilitar un edificio fabuloso, con una trasera de privilegio con vistas al reclamable Barbaña, un patio y jardín generosos y miles de posibilidades como instrumento de bien"
Hasta en la ciudad más desmemoriada y obtusa ha rehabilitado sus cárceles y mataderos para ponerlas al servicio de las personas y de la cultura. Capitales europeas, villas periféricas o aunténticos no-lugares. Todas las cárceles que ya no son cárceles tienen ahora otro trabajo sirviendo al comunidad como espacios para el arte y el esparcimiento. No hay, además, mejor metáfora posible. Todo el mundo lo sabe. Pero en Auria, ciudad que se va por el tragante, a la cola en todo, insultantemente paleta y orgullosa de su atraso, la vieja cárcel permanece en pleno centro, exhibida, degradándose al sol como los cuerpos de los viejos reos. Nadie quiere asumir la patata caliente de rehabilitar un edificio fabuloso, con una trasera de privilegio con vistas al reclamable Barbaña, un patio y jardín generosos y miles de posibilidades como instrumento de bien. Quizá no se quiere asumir el rescatar la cárcel porque faltan las ideas. Se sueña bajito (o se es incapaz de soñar). Falta valentía para hacer las cosas. Pero ahí sigue, todavía en pie, la cárcel vieja. Hinchando el pecho hacia la calle Progreso, que más que progreso, es una autopista de circunvalación. Va aguantando los envites del tiempo a base de ñapas sucesivas, muleteando el desplome general.
La vieja cárcel está junto a la vieja casa de baños, que es otra de las catástrofes recientes de una ciudad imposible que se dice termal y destruyó los viejos baños, además de cubrir de hormigón las termas romanas originales bajo la cancha de baloncesto de las josefinas. Pero si traemos la cárcel hasta estas líneas es porque nos hace sonreír. Nos hace sonreír verla todavía de pie, ajena a las riñas pequeñas de los hombres pequeños que tenemos en las instituciones. Las garitas pintarrajeadas de espray, la cubierta a punto de desplomarse, las temibles rejas… tienen un punto de desafío irónico. La cárcel sigue a pesar de la incapacidad general. Y en su fachada crecen pequeños helechos, ombligos de venus, musgos y otras hierbas colonizadoras programadas para hacer de la cárcel bosque, que es un destino bastante más oneroso que lugar de crímenes, refugio de yonquis o cascarón putrefacto. Esas hierbas viajeras, que han llegado con el viento, forman parte de los pasos del gran bosque del planeta, en este movimiento perpetuo de las tierras y las aguas, en esa renovación cósmica que es más importante que el hombre o que cualquier pleno municipal. Y ahí están, agarraditas al mortero, a las juntas de los sillares, prosperando en el pequeño parterre de un musgo previo. La conquista de lo verde es la gran noticia. La vieja cárcel de Auria será un jardín. Ya empieza a serlo.
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