Eduardo Medrano
Motín de Esquilache
Qué les pasa a estos que lloran? Se preguntan extrañados, al observarnos, en este tiempo de cenizas.
Que ya no está con nosotros, decimos mirando al cielo y la lluvia nos golpea sobre los ojos abiertos. Es verdad que al ser humano se le precipita una depresión reactiva a propósito de la pérdida o la separación de un ser querido. Se nos ha ido al cielo o a lo peor lo suponemos aún muerto. El Dios en el que creemos es el resucitado, pero tenemos la impresión de que aún permanece frío y yerto sobre la piedra, en la cueva del antiguo huerto. La distimia, esa depresión que nos invade no nos pertenece; estamos viviendo como si fuésemos los hijos de la melancolía. Conviene superar el duelo, meditando con sosiego la orfandad del Cristo y tu propio miedo.
La lección es extraordinaria. Como Dios todo lo sabía, como hombre, sentía miedo, angustia, la soledad inmensa, el abandono de los amigos, la vergüenza de su familia y el rechazo del Padre al cargar sobre sus espaldas el pecado de esta humanidad ingrata. ¿Qué te he hecho? ¿En qué te he ofendido? Y nadie le respondía sino el atronador silencio de siglos y siglos de indiferencia y desprecio. Sólo se hace inteligible, de alguna manera, la Trinidad, si la observamos como una comunidad de amor. Es la unidad insuperable. Es tal que Dios es uno. Sabiendo eso se hace más patente el desamparo, que vivió como ruptura interior, el Cristo.
María, en este contexto, alcanza una dimensión insólita. Fue la única que le sirvió de consuelo. Es oficio de madre ser quitapenas y bálsamo. Pequeño premio. No sólo ser la madre del fracasado, sino vivir paso a paso su propia destrucción y el mayor escarnio: verlo morir, no como un triunfador, sino como un esclavo. Ella avisada estaba “… y una espada atravesará tu corazón” le dijo Simeón, el viejo.
La culpabilidad no era suya, por supuesto, sino exclusivamente nuestra, de todo el pueblo
Despistados, vivieron esta época de gracia aquellos a quienes eligió, con cariño y esmero. Casi al final de sus días, los apóstoles, desconocían ser testigos de la esperanza. Seguían mirando para sí mismos y le dijeron, convencidos, que, ya que lo habían seguido, habría de darles un puesto bien bueno. No entendieron nada. La culpabilidad no era suya, por supuesto, sino exclusivamente nuestra, de todo el pueblo. No se enteraron de que ellos fueron escogidos para ser testigos de todo eso. Menos mal que el Espíritu se lo explicó como suele explicarse, con el dolor, que al fin compartieron, a sangre y fuego.
Le oían, pero no lo escuchaban. Aquellos doce le seguían fascinados por su palabra, por aquella forma de hablar, de amar a los humildes, por la bondad y aquel dulce porte de un carpintero que sabía escucharlos en silencio, que es ese lugar abierto en el que resuenan las palabras no pronunciadas. Con él tenían la impresión de que, aunque estuviese en silencio les hablaba. Algo así como notan las viejitas delante del sagrario cualquier tarde o cualquier mañana. Exponen sus cuitas y en la vieja capilla nadie dice nada, ni siquiera chisporrotea aquella vela, no se oye el armónium, ni se escucha siquiera cuando los ángeles pasan. Y, sin embargo, todo lo percibe de inmediato el alma.
Seguro que te sigue hablando, desde el silencio, sin espavientos, y con dulzura. Es el tiempo de la escucha.
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