Y un huevo

Publicado: 20 jul 2026 - 01:10
Opinión en La Región
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Si hay algo que trae de cabeza a la humanidad, es establecer qué fue antes, la gallina o el huevo, y no resulta necesario pedir por separado a Amazon que te mande un paquete con una gallina y otro con un huevo para dilucidar cuál llega primero. Está claro que el huevo no es más que una célula que, en su inicio, desarrolló una cáscara para protegerse, y luego vino la gallina, que es la forma como se las arregló el huevo para seguir existiendo.

Dicho esto, hay que reconocer que es uno de los platos más modestos, pero también uno de los más apreciados en la gastronomía, según afirman los paladares más refinados, hasta el extremo de que pocos habrá que renuncien a unos huevos en concha, unos huevos fritos con jamón o mismo con chorizo, manjar de manjares. De ahí que el huevo desempeñe un papel en la historia que podría sorprender al más avisado, como es el caso del huevo de Colón, que además de acontecimiento ilustra aquello que aparentemente es muy difícil de conseguir, pero que, sabiendo cómo, resulta a la postre fácil.

Cuenta la leyenda que, tras su primer viaje a América, el almirante fue invitado a una cena con otros nobles, organizada por el cardenal Mendoza. En medio de la cena se evidenció la más pérfida envidia, cuando varios comensales quisieron restarle merecimiento a la gesta de Colón.

Hastiado de las críticas, el descubridor pidió un huevo cocido y retó a los críticos a ponerlo de pie sobre la mesa, sin ayudarse de ningún tipo de soporte. Uno tras otro lo intentó sin éxito. Una vez no quedaba nadie más por probar fortuna, el navegante tomó el huevo y, dándole un leve golpe le acható ligeramente la base, colocándolo sobre la mesa en pie sin dificultad.

Ante las quejas de los convidados, incluido el jerarca, todos coincidieron en que en el fondo la solución era de lo más sencilla y, por lo tanto, carente de mérito, a lo que Colón respondió afirmando que la cuestión no estaba en si la solución era complicada o simple, sino en que lo necesario era pensar para encontrarla.

Pero, obviando el mito y centrándose en la sustantividad, se llega a la cuestión esencial que comunica un humilde huevo: la realidad económica de un país. Para entenderlo, cualquiera puede guiarse por las cifras del Producto Interior Bruto (PIB), pero el problema es su escasa actualización, ya que el Ehjecutivo de los distintos países lo calculan y presentan con meses de retraso. Por otro lado, la Bolsa dista diametralmente de la realidad cotidiana de la gente común, reflejando exclusivamente lo que advierten los inversores institucionales. Ninguno -Bolsa o PIB-, informa de lo que realmente importa: cuánto es necesario para poder vivir.

Pero ahí es donde entra un indice indiscutible: el huevo. Por supuesto, ¡qué iba a ser si no! El huevo es el producto que refleja la situación económica de todo país, ya que su precio aumenta cuando escala el de la electricidad, imprescindible para las granjas. El precio del huevo sube cuando lo hacen los combustibles y, con ellos, el transporte, porque hay que llevarlo al mercado. Sube cuando se incrementa el precio de los cereales, porque son la base del pienso con el que se alimentan a las gallinas. Y, por supuesto, sube empujado por el alza de los salarios del sector. Es decir, el huevo absorbe simultáneamente todos los costes reales de una economía, siendo el indicador más fiable que existe.

Por eso, en lugar de aceptar los datos de la inflación, sujetos a la manipulación estadística, la mejor manera de saber cómo va la riqueza del país es fijándose en el precio del huevo. Si un gobierno afirma que la inflación está en un 4%, pero el precio del huevo sube un 32% en un año, eso significa que la economía está en serios problemas. De modo que, antes de cacarear los logros de ningún gobierno, lo idóneo es plantearse el importe de la cesta de la compra y, en particular, el precio del huevo.

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