Chito Rivas
PINGAS DE ORBALLO
Cando a ansia manda
El 11 de mayo de 1997, la supercomputadora Deep Blue de IBM derrotó a Garry Kaspárov. El pronóstico parecía inevitable: si una máquina podía superar al mejor jugador del mundo, ¿qué sentido tenía que los humanos siguieran compitiendo? Muchos auguraron el fin de un juego milenario.
Casi tres décadas después, el ajedrez no solo ha sobrevivido, si no que se ha convertido en un fenómeno de masas sin precedentes.
La plataforma Chess.com ha pasado de un millón de usuarios en 2010 a más de cien millones en 2022. En Twitch, el contenido ajedrecístico ha multiplicado por cuatro las horas vistas en apenas un año. Grandes maestros como Hikaru Nakamura acumulan millones de seguidores explicando el juego en directo. Lo que era un deporte de élites silenciosas se ha convertido en entretenimiento accesible para cualquiera con teléfono.
¿Qué ha pasado? Exactamente lo contrario de lo que todos esperaban. La misma tecnología que derrotó a la humanidad se convirtió en su aliada más poderosa. Los motores de ajedrez como Stockfish o AlphaZero no reemplazaron a los jugadores: los potenciaron de formas que nadie anticipó. Cualquier aficionado lleva hoy en el bolsillo un motor más potente que Deep Blue para analizar cada movimiento. AlphaZero, al aprender jugando contra sí mismo sin conocimiento humano previo, descubrió estilos de juego más dinámicos que los humanos habían descartado como incorrectos durante generaciones. Mostró que el tablero era más grande de lo que siglos de tradición habían explorado.
El mercado global del ajedrez se valora hoy en más de tres mil millones de dólares
En 1993 existían 524 grandes maestros en el mundo. Hoy son más de mil ochocientos. Jóvenes de India, Uzbekistán o Irán pueden entrenarse al máximo nivel desde sus casas. La geografía ha dejado de determinar el talento.
Hay algo en esta historia que reconozco en el carácter gallego, en esa manera de no salir a la mar el primer día que el tiempo mejora, sino de observar, de entender las corrientes antes de soltar las redes. El ajedrez no reaccionó con pánico a la llegada de las máquinas. Con tiempo, aprendió a usarlas para crecer. En muchas comunidades costeras de Galicia, cuando llegó la era del motor a los barcos, hubo quien vio el fin de la pesca tradicional y quien vio la posibilidad de llegar más lejos. Los segundos no abandonaron su oficio: lo transformaron.
Y esa transformación tiene una lógica interna que vale la pena entender: una vez que la máquina se hizo cargo del cálculo puro, los ajedrecistas pudieron concentrarse en lo que la máquina no puede procesar de la misma forma. Liberados de la memoria bruta y del análisis mecánico, se volcaron en lo verdaderamente humano: la intuición estratégica, la psicología del rival, la gestión emocional bajo presión. La máquina se encargó de lo mecánico. El humano se elevó a lo creativo.
El mercado global del ajedrez se valora hoy en más de tres mil millones de dólares. Es la prueba tangible de una paradoja que va mucho más allá del tablero. La pregunta ya no es si la IA puede superarnos en cálculo. Esa ya está contestada desde 1997. La pregunta es hasta dónde podemos llegar juntos. Y el ajedrez ha respondido con claridad: mucho más lejos de lo que jamás imaginamos.
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