Chicho Outeiriño
DEAMBULANDO
El sintecho que nunca volvió del frío
Dice Alfonso Ussía, y no puedo estar más de acuerdo, que el Papa Leon XIV tiene “cara de Papa” desde el primer día. Se trata de un fenómeno extraño, por cuanto la cara de papa, en observación de Ussía que también me apropio, suele irse formando con el paso de los años en el papado. No es así en el caso de León XIV, y quizá por eso los más creativos han encontrado en su rostro de serenidad algo similar a la inolvidable cara de aquel otro gran papa, tan santo, Juan Pablo II, que nunca olvidaremos.
Sin ánimo de hacer un juicio retrospectivo y personal que solo corresponde a Dios, Robert Francis Prevost se encuentra una Iglesia enrarecida, con divisiones, y con heridas de compleja reconciliación. Pero sobre todo se encuentra a una Iglesia debilitada por la desconfianza y, en consecuencia, envenenada por la desesperanza. Por eso los católicos, que somos por pura etimología universales, hemos recibido con gran alegría las llamadas a la unidad del nuevo Papa en su lema episcopal de inspiración agustiniana: “In Illo uno unum”, que significa “En el único Cristo somos uno”.
Como periodista cristiano me veo también en la obligación de hacerme una pregunta aún más dura: ¿Se enfrenta el papa a una Iglesia que ha perdido a Cristo? Por suerte la Iglesia es grande, y tiene mil ramificaciones, y sería una frivolidad responder taxativamente a tal cuestión, pero lo cierto es que desde sus primeras palabras León XIV está insistiendo en discursos en cierto modo cristocéntricos, los que me han llevado a la pregunta.
Veo, en fin, virtudes y defectos de las iglesias en medio de los convulsos y confusos giros de timón de los últimos años
Tengo la seguridad de que las iglesias que frecuento están comprometidas con los pobres, con las acciones solidarias, y con la ayuda asistencial a los necesitados, y tengo también la –incómoda- certeza de que muchas de ellas han convertido el controvertido credo ambientalista en poco menos que un dogma de fe, a juzgar por la insistencia y por las iniciativas eclesiales-medioambientales.
Veo también muchas iglesias en actitud de acogida a quienes viven de espaldas a Dios, esforzándose en ampliar su paraguas para tratar de cobijar incluso a los que no quieren ser recibidos; a veces tan pendientes de agradar a los que no están, que parecen olvidarse cuidar a los que están.
Veo, en fin, virtudes y defectos de las iglesias en medio de los convulsos y confusos giros de timón de los últimos años, pero entretanto, qué extraño decirlo, a veces echo de menos a Jesús en ellas, y a juzgar por la claridad de los discursos del papa León XIV, quizá no sea el único que se siente avergonzado, en la parte que me corresponda, por tan imperdonable olvido. Sin Cristo no somos más que un grotesco club de fans de Gandhi o, peor aún, de Greta Thunberg. Por suerte, hay Cristo.
Este miércoles el papa ha pronunciado su primer gran discurso. Lo ha hecho ante los participantes en el Jubileo de las Iglesias Orientales, y ha dado pistas significativas sobre su proyecto espiritual. En bellísimas palabras, León XIV ha exaltado “el sentido del misterio, tan vivo en” las liturgias orientales, recordando “que implican a la persona humana en su totalidad, cantan la belleza de la salvación y suscitan el asombro ante la grandeza divina que abraza la pequeñez humana”, y ha proclamado que la iglesia necesita recuperar ese sentido.
Con palabras que pasan siempre por el corazón de Cristo, León XIV ha logrado en pocos días amansar las confusiones y tensiones, y sembrar esperanza, no en la organización humana de la Iglesia, sino en la fundación divina de la Iglesia, y en la filiación divina de cada uno de los fieles. Qué bien entendemos ahora el lema inspirado en San Agustín. Porque, en efecto, “In Illo uno unum”.
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