El sintecho que nunca volvió del frío

DEAMBULANDO

Publicado: 12 mar 2026 - 06:40
Opinión en La Región
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Acaso fue ese Guillermo, real o ficticio, quien en una amanecida, de más humedad que helada, exhaló su vida, dicen, aunque no concibamos un tal final, bajo un puente, quien asentado, de buena planta y sin los estragos que se le suponen a esa bohemia forzosa de los que por aquí vagan sin faro, esperanza o a la espera que la malhadada fortuna los saque de una rutina de tan opresiva que jamás volverán a la vida de los normales, si por tales nosotros. Son esos míseros de solemnidad. Los, además, aplastados por un demoledor horizonte que no existe.

Cuando vemos a esos que cual apestados irrumpen y se acomodan en las traseras de los buses trabando, desde nuestra visión, incoherentes palabras de más que medio tono

Guillermo, podría ser, como dije, otro nombre, quien un poco pasada la cuarentena, vagaba, no sin rumbo, daba la impresión, hacia esa nada en la que se subsumen los que sin faro, o porqué la esquiva fortuna, los ha relegado, y digo sin rumbo porque él lo tenía en cierto modo ya que frecuentaba los libros, se acodaba en cuclillas casi en el escalón exterior de una urbana expendeduría de pan. Era de esos constantes que iban arañando de su bote las monedas de una que ya consideraba clientela, para darse a las delicias de un café, al abrigo de la intemperie o ahorrando la compra de un pan que ya le daban los clientes. De cierta puntualidad, tal que ni frenada por las lluvias y menos por el frio, Guillermo nunca formaría en la legión de los pedigüeños, como despectivamente se calificaba otrora a los sin posibles, esos clochards parisinos; al parecer se ausentó o pereció bajo un ourensano puente, que de menos lustre que el que te mueras bajo los puentes de París. Acaso ande a la búsqueda de otro emplazamiento, queremos pensar eso de su prolongada ausencia

Era o es un culto leedor del género de novelas, como si se transustanciara en uno de esos héroes novelescos, aunque nunca le vería un libro de aventuras a lo Salgari o Daniel Defoe, o de la medieval condición de los caballeros, de un Robin Hood o un Ivanhoe, aunque no le creyéramos embarcado en la lectura del Quijote, porque, tal vez, daba por sabidas las desventuras del malhadado caballero; por ello quizás más le tiraban los libros de historia cuando se refugiaba de los rigores del cuerpo, abrigándose al confort de la Pública Biblioteca.

Una vez me dijo que ya había encontrado trabajo; debió de ser una ensoñación, porque pasados unos días me lo encontré en las mismas condiciones de viajero sin retorno; de esos que aun sueñan con un mundo laboral que ya no es para los que de debilitado cuerpo apenas rendimiento darían. Con su mochila al hombro nunca podría llevar lo que de abrigo recibía de esos ciudadanos que damos lo que nos sobra para tranquilizar la conciencia, porque difícil nos es dar aquello a lo que apegado.

Echaremos de menos a ese desheredado de la fortuna que aun conservaba porte, esa palabra de agradecimiento de nuestras vergüenzas sobrantes, ese puntual que aún tenía fuerzas para combatir el frio que dicen acabó con él bajo un puente (ficción o realidad, que eso poco importa) o acaso al relente, o entre cartones, en cualquier portal o bancario cajero.

Cuando vemos a esos que cual apestados irrumpen y se acomodan en las traseras de los buses trabando, desde nuestra visión, incoherentes palabras de más que medio tono, desde el Parque a Covadonga, hay que imaginar la menoscaba personalidad castigada por indeseadas substancias pero en las que, por un cierto sino, caen estos vapuleados o excluidos de la sociedad, por más que sus voces subidas de tono molesten a nuestra condición de normales acomodados.

Guillermo, realidad o alias, pertenecía a la condición de desheredado pero nunca le vimos formar en la grey de los que la fortuna dejó al pairo y a salvo parecería de la tentadoras drogas, a las que, como consuelo para su insalvable pobreza, casi todos recurren.

Sita, de la panadería Punto Negro, me dio la noticia, y los dos lamentamos ese cruel destino que atrapaba a Guillermo, desaparecido, al menos, del escenario que frecuentaba, y a tantos que como a él iba la rutina carcomiendo cada día…sin atisbar la salida de ese túnel en que metidos, sin vislumbrar la claridad.

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