Manuel Fernández Ordóñez
La fantasía energética
Desde la tibia tranquilidad que nos dan el paso de las horas y los días transcurridos desde el desastre, ya sin la urgencia de la noticia ni la premura del titular, me permito hoy aludir el termino efeméride, que es la llave que justifica mi artículo en estas páginas, esta vez no en su acepción de celebración, sino en la de recuerdo.
Vaya este artículo dedicado también a ese ejército de personas anónimas que hace que nos enorgullezcamos de ser humanos, luchadores que solo desean el bien ajeno
Quiero rendir homenaje a los que perdieron su vida. Quiero abrazar a los que han perdido parte de la vida estando vivos, por perder a uno de los suyos. Deseo dirigirme también a las personas que han evitado afilar las uñas para arañar las heridas abiertas por el accidente del martes, solo buscando el morbo, la mal llamada fama o, lo que es más execrable, el beneficio personal en cualquiera de sus formas. Vaya este artículo dedicado también a ese ejército de personas anónimas que hace que nos enorgullezcamos de ser humanos, luchadores que solo desean el bien ajeno. A los que cumplen esas condiciones y son gente, como diría el poeta “buena gente”, quiero deciros que siempre os daremos las gracias y daros ánimos, siempre estaremos a vuestro lado.
Como escribí hace unos días, cada vez que hablemos y recordemos esta catástrofe, repetiremos en nuestro interior: ¿dónde estabas?, ¿qué hacías? y ¿con quién estabas cuando ocurrió ese fatídico accidente? Lo importante es que recordaremos ese momento y elevaremos nuestra mente en memoria de las víctimas.
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