Rafael Salgado
LEMBRANZAS
Ourense no tempo: álbum de verano | La banca Romero 1914
MI PLAN PERFECTO
No es un desatino. Privilegiados, no; lo siguiente… ¿Quiénes tienen el mar y el monte a puerta de casa? Cada vez menos, es verdad…; pero, aquí, en Ourense, no solo tenemos la fortuna de poder disfrutar de la belleza de las cuatro estaciones, sino también de soportar, estoicamente, la canícula. Cuando el rigor del calor aletarga el cuerpo, el que más o el que menos, todavía puede gozar del deleite que ofrecen las sombras de la naturaleza, o de la bienandanza de una apacible ría a pocas horas de la ciudad. ¿Acaso no estamos en un trocito del cielo…?
Desde antes de la Era Cristiana, la aparición de Sothis, que era la estrella que más brillaba, coincidía, en Egipto, con el solsticio de verano. Al tiempo, el Nilo se desbordaba. Los romanos a aquel astro luminoso lo denominaron Sirio, y a la constelación en la que se encontraba, Canis -perro-. Recordaba, sin más, al animal que anunciaba del peligro al amo. No obstante, desde aquel instante, la canícula -días caniculares o perros-, siempre hizo referencia a los días más calurosos del año.
Y, con ser hoy los veranos, cada vez más abrasadores, resultado del desarrollo tecnológico e industrial, pese a todo, hubo estíos, pretéritos, que trascendieron, históricamente. Parece ser, por ejemplo, que, en 1132, llegaban a cocerse los huevos con solo ponerlos al sol; o mismo, en Francia, en 1540, el Sena y el Loira llevaban tan poca agua que, según las crónicas, se podían cruzar a pie. Dicen que hubo años, como 1705 y 1718, en los que los teatros y las tiendas cerraron durante tres meses, y “la Galia” se convirtió en un país fantasma.
Claro que es habitual en esta época del año, por lo tanto, quejarse de cansancio, de sudores profusos, del desarreglo del aparato digestivo y no digo nada del calor. Más riguroso aún para los que, con su trabajo, siguen dando servicio a quienes se toman plácidamente unos días de descanso. Es un período en el que cada cual lo pasa como buenamente puede. Unos proyectan aliviarse junto al mar; otros, entre el frescor de hermosos parajes. Incluso uno está abierto a todo tipo de consejos. Hay quien dice que los ingleses lo llevan mejor porque comen varias veces al día; otros, que no, que son los franceses, porque almuerzan por la mañana y comen por la tarde…
Lo cierto es que, a pesar del férvido verano, la temporada es idónea para reponer la tensión cerebral -sobre todo tras las pérdidas sufridas a lo largo del año-, disfrutar de la lectura, de una película nocturna, o de admirar la belleza de las artes escénicas. Es la ocasión propicia para oxigenarse; para que la inteligencia más tosca se vuelva más sutil. El sol que calienta cae en el olvido cuando se apacienta el espíritu. ¿Qué le importaba a Stanley el calor, si sabía que le daba a conocer los misterios del desierto? La satisfacción del espíritu es auténtico bienestar emocional para el cuerpo.
El período veraniego siempre fue más grato que ingrato para casi todo el mundo. No solo descansa uno de las andanzas de la actividad profesional o de la vida pública, sino que, además, se torna en divino precepto el estrechar lazos con la pareja, la familia o los amigos. Y si es así para la mayoría, no digamos ya para los que ostentan el poder. El Parlamento cerrado, los periódicos mudos, la opinión sosegada...
Es, sin duda, un interregno, para muchos. El templo de Minerva y el de Themis están de vacaciones. Sestean y descansan. Los días son calurosos, sí; pero, para el que no trabaja, plácidos. Y las noches, liberadas de estrés, frescas... Uno quiere paz, sosiego… Para lo otro ya vendrá el otoño “caliente”.
La canícula, ahora, aconseja buscar la brisa fresca, los encantos naturales o monumentales, e incluso el recreo. La moda y la necesidad, o ambas, lo imponen. Conviene no meterse en problemas y dar paseos, sin prisas, ante la bonanza del inmenso mar para imbuirse del yodo del aire marino, sin estar obligado a saturase de salitre.
¡El mar, la playa fluvial o la piscina! -refugio del calor de estío que, a menudo, todo lo abrasa- son capaces de solazar el cuerpo sin embotar el espíritu. ¿A quién le resulta extraño, pues, que, aunque la genialidad no fuese suya, Victor Hugo parafrasease: “L’éte, c’est le regard de Dieu” (“El verano es la mirada de Dios”).
¡Verano…! Estación de calores, de fiestas, de verbenas, de fragancias de frutas, de castillos en la arena... Y, además, alivio del alma cuando uno vislumbra una puesta de sol, tomando un ribeiro en buena compañía…
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