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La noche en que las hierbas se vuelven mágicas
Rubén Darío comenzó su célebre 'Sonatina' escribiendo aquello de que 'la princesa está triste' para después preguntarse, como si la intriga lo consumiese, '¿qué tendrá la princesa?'. Y aunque las infantas de España no son propiamente princesas, son lo más parecido a ellas que tenemos por estos lares, excepción hecha de la de Asturias. Y por eso se me ocurre pensar que, si el nicaragüense viviese, quizá reparase en la tristeza de la infanta Cristina y en los motivos que tendrá, y seguro que los tiene, para afligirse de tal manera.
Entre esos motivos, el más evidente o, por lo menos, el más reciente es el de su comentadísima imputación por el juez Castro, contraviniendo el criterio de la fiscalía y honrando, por así decirlo, el sentir popular. Después de una dilatada instrucción ha llegado el momento que tanto había demorado y la infanta tendrá el dudoso honor de ser la primera integrante de la familia real que se sentará, si nada cambia, en el banquillo de los acusados. Y, como era de esperar, ese acontecimiento ha hecho correr ríos de tinta y, suponemos, las lágrimas de Su Alteza.
Quizá lo verdaderamente noticioso de este hecho sea que por fin se ha demostrado, o en ello estamos, que en nuestro país todos somos iguales ante la ley. Aunque quizá deberíamos apostillar, para no pecar de ingenuos y parafraseando a Orwell, que algunos son más iguales que otros. Dicho lo cual, hace algunos años habría sido impensable que Doña Cristina fuese imputada por un juez 'de provincias' en un país donde está aforado hasta el último diputado autonómico.
Ahora que la infanta está imputada, se cierne sobre ella la amenaza de una condena y la posibilidad de que cualquier día la desahucien, si no de su palacete barcelonés, del museo de cera donde ya hicieron lo propio con Jaime de Marichalar y con su esposo, Iñaki Urdangarín. Así es la vida y, sobre todo, así es la democracia: ese régimen en el que, fíjense ustedes, uno puede heredar el apellido de su real padre y hasta su mismísima corona, pero no el aprecio del pueblo ni los méritos por los que su progenitor se hizo acreedor del mismo.
Así son las cosas: la princesa, perdón, la infanta está imputada. Y aunque eso no significa, y conviene recordarlo, que sea culpable o que vaya a ser condenada, sí significa que tiene sobrados motivos, como la princesa del poema, para estar triste.
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