José Antonio Constenla
IMPACTO DE LOS INFLUENCERS
La influencia pierde credibilidad
IMPACTO DE LOS INFLUENCERS
Durante años, los influencers parecieron destinados a convertirse en los nuevos protagonistas de la comunicación. Desde sus casas, hablaban de viajes, enseñaban sus compras y compartían hasta los detalles más insignificantes de su existencia. Cualquiera podía convertirse en comunicador y aquello parecía una verdadera revolución democrática. El problema surge cuando el público empieza a percibir que detrás de esa cercanía hay una maquinaria publicitaria cuidadosamente construida.
Según la última edición de Navegantes en la Red, de AIMC, un 56,4% de los encuestados sigue a algún influencer, youtuber o streamer. Pero al mismo tiempo, un 69,8% considera que el abuso de la publicidad encubierta merma su credibilidad.
Otros elementos alimentan una cierta desafección. Los inventos y exageraciones de las historias para conseguir protagonismo. El uso de la provocación como forma deliberada de aumentar la audiencia. O la costumbre de opinar sobre cualquier asunto, con independencia de los conocimientos que se tengan sobre el mismo.
En definitiva, el gran problema de una buena parte del universo influencer es que la verdad ha dejado de ser el objetivo para convertirse en un accesorio.
Pero la cuestión va más allá de la mentira y afecta a algo que no es menos importante: el modelo de éxito que muchos de esos influencers venden. Una vida aparentemente perfecta y sin esfuerzo, como si la existencia consistiera únicamente en consumir, exhibirse y obtener reconocimiento. El sacrificio, el trabajo y la disciplina desaparecen del relato porque no generan clics. El hedonismo se vende como una filosofía de vida y el postureo como si fuese autenticidad.
El mensaje resulta especialmente preocupante para una generación que necesita referentes. No importa lo que sabes hacer, sino solo cuánto consigues llamar la atención. Y cuando la notoriedad se convierte en el principal criterio para decidir quién merece ser escuchado, la popularidad acaba ocupando el lugar que antes correspondía al conocimiento, al esfuerzo o a la experiencia.
No sería justo, sin embargo, dejar de reconocer que muchos creadores de contenido realizan trabajos excelentes y que algunos demuestran una capacidad extraordinaria para comunicar y entretener.
Conviene, en este punto, distinguir entre informar y entretener
Conviene, en este punto, distinguir entre informar y entretener. El entretenimiento cumple una función necesaria y nadie debería sentirse obligado a convertir cada minuto de su existencia en una lección. El problema aparece cuando confundimos popularidad con conocimiento y visibilidad con autoridad. Porque tener miles o millones de seguidores demuestra que alguien ha conseguido captar nuestra atención, pero no necesariamente que merezca nuestra confianza. Y esa diferencia me parece fundamental.
Los periodistas cuentan historias que merecen ser contadas. Pero, para hacerlo, primero intentan comprender el mundo para poder contarlo a los demás. Su valor no reside únicamente en conseguir que todos hablen de aquello que cuentan, sino en ayudar a sus lectores a comprender mejor aquello de lo que hablan.
Una sociedad puede entretenerse sin límites, pero no puede permitirse dejar de pensar. Tal vez ese sea el verdadero problema, no que existan influencers, sino que hayamos empezado a confundir influencia con autoridad, popularidad con conocimiento y notoriedad con mérito.
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