Fermín Bocos
Los que podrían parar a Sánchez
En Irán, la valentía no es un concepto abstracto ni un recurso retórico. Tiene rostro de mujer y se manifiesta en actos sencillos y profundamente subversivos: caminar sin miedo, sostener la mirada, decidir no obedecer una injusticia. No es una valentía impulsiva ni temeraria, sino serena, nacida de la convicción íntima de que vivir sin dignidad equivale, en realidad, a dejar de vivir.
Desde la muerte de Jina (Mahsa) Amini, en septiembre de 2022, tras su detención por la llamada policía de la moral, las mujeres iraníes han ocupado el centro moral de una revuelta que, pese a la represión, no se ha extinguido. Su lema, “Mujer, Vida, Libertad”, no es una consigna ideológica pasajera, sino una afirmación esencial: allí donde la mujer es sometida, la vida se empobrece y la libertad se vacía de contenido.
La fortaleza de estas mujeres no se expresa en la estridencia ni en la violencia, sino en la perseverancia y en la certeza de que la obediencia a una ley injusta no es virtud, sino renuncia moral. Quemar fotografías del líder supremo, cortarse el pelo en público, retirarse el velo obligatorio o permanecer en silencio ante la intimidación armada son gestos mínimos en apariencia, pero radicales en su contexto. El poder los percibe como amenazas porque sabe que desafían al miedo; y el miedo, una vez perdido, deja de gobernar conciencias.
Ese horizonte fue devastado por la dictadura de los ayatolás, que convirtió la fe en instrumento de control y pisoteó derechos fundamentales en nombre de una ideología cerrada y excluyente.
Esta valentía no surge de la nada. Tiene raíces profundas. En diciembre de 2017, Shaparak Shajarizadeh se subió a una caja de electricidad en una avenida de Teherán y agitó su velo blanco en silencio, ante la mirada atónita de los transeúntes y las cámaras de los teléfonos móviles. Fue detenida, encarcelada y obligada al exilio. Su gesto, entonces aislado, anticipó lo que hoy es una resistencia colectiva.
En Irán se libra una batalla frontal contra la tiranía, y lo que está en juego es la libertad y el futuro de todo un pueblo. No hace tanto, este país era un espacio de apertura relativa y convivencia en el que las mujeres estudiaban, trabajaban y participaban en la vida pública con normalidad. Ese horizonte fue devastado por la dictadura de los ayatolás, que convirtió la fe en instrumento de control y pisoteó derechos fundamentales en nombre de una ideología cerrada y excluyente.
Resulta llamativo, y no deja de ser revelador, el silencio de buena parte de quienes en Europa, y de manera particular en España, se presentan como abanderadas de la defensa de los derechos de las mujeres. Cuando la indignación se activa solo si no incomoda alianzas o marcos ideológicos, deja de ser una defensa de derechos y se convierte en una causa selectiva. A las mujeres de Irán no les falta coraje, lo que a menudo les falta es el respaldo y apoyo de quienes dicen hablar en su nombre.
La poesía de esta revuelta no está en la épica, sino en la obstinación: en salir hoy sabiendo lo que ocurrió ayer; en volver mañana aunque hoy haya detenciones. No resisten para ser admiradas ni para ser recordadas, sino porque saben que la dignidad, una vez perdida, no se recupera sin coste. En Irán, hoy, la historia avanza sin estruendo, con pasos contenidos y miradas altas. Puede que el poder siga imponiendo castigos, pero ha perdido algo decisivo: la obediencia interior. Y cuando eso ocurre, incluso los regímenes más duros empiezan a resquebrajarse.
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