Jenaro Castro
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La ciudad constituye un buen observatorio para distinguir conductas y hábitos. Paseando por sus calles nos encontramos con ciudadanos respetuosos -la mayoría- con las leyes y demás normas establecidas. Al mismo tiempo, somos testigos de la existencia de una minoría indisciplinada y nada respetuosa que, poniendo la sociedad por montera, se ríe y desprecia elementales normas de convivencia. Esta conducta irrespetuosa y agresiva frente a lo establecido tiene un nombre antiguo: cinismo.
Así, los cínicos antiguos militaban contra las costumbres ciudadanas, que consideraban contrarias a lo que era 'natural'. Pensaban que la felicidad se alcanzaba obedeciendo los impulsos naturales y nunca reprimiéndolos. El comportamiento de los animales les sirvió de guía. Su totem era el perro, de ahí su nombre de cínicos.
La secta de los cínicos tuvo un filósofo símbolo, Diógenes de Sínope. Al igual que los perros, Diógenes, que no se recataba de satisfacer sus necesidades naturales (sexo, comida, etcétera) ante la gente y en plena plaza pública. todo ello lo consideraba bueno porque era natural. 'El cínico -escribe un analista del tema- se diferenciaba de los demás por su desvergüenza radical, por adoptar modos de vida que escandalizaban a la sociedad... Se proclamaron cosmopolitas y liberados de cualquier obediencia a las instituciones'.
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