Billete sin retorno para Sánchez

Publicado: 09 ene 2025 - 00:29

La brecha es ya insalvable. El Gobierno ha emprendido ya un viaje hacia el más allá y no hay posibilidad alguna de que vuelva a pisar nuestras calles, y no solo porque cada vez reciben más piropos sus graciosos andares. Obstinado en la imposible resurrección de tiempo remotos, se ha instalado en una realidad paralela que le separa por completo de la gente, de los ciudadanos, de los numerosos problemas que afligen la nación. Estamos solos, sí, pero justo es recordar que a veces es mejor solos que mal acompañados.

La gran desafección tendrá consecuencias dramáticas para nuestra democracia, pero entretanto, la gran pregunta es qué hacemos, qué le espera a la sociedad civil, al ciudadano medio

Hasta Sánchez, solíamos hablar del síndrome de la Moncloa como aquel trastorno de la personalidad que afecta a todos los presidentes casi siempre a partir de su segunda legislatura. En esa especie de locura se mezclaban la arrogancia con los delirios de grandeza, la sensación de impunidad con la certeza de pertenecer a una casta diferente a la de los votantes, y todo ello bajo un lento divorcio de la realidad. Con Sánchez no podemos hacer la misma valoración porque es quizá el primer presidente que dio síntomas de estar bajo el síndrome de la Moncloa desde la mañana siguiente a haberse instalado allí, cuando creyó que cambiar el colchón era un rito iniciático propio de emperadores y no una simple medida higiénica.

No obstante, con o sin síndrome, el nuevo año no llega con pequeños síntomas, sino con todo un plan para los próximos años en donde la acción de Gobierno y sus prioridades no coincide en absoluto con el interés de los ciudadanos. Por no coincidir ni siquiera lo hace con los intereses de una minoría, sino que buena parte de los planes que nos están avanzando sencillamente no benefician a nadie en absoluto.

Todo esto se traducirá lentamente en un desapego aún mayor hacia toda la clase política, porque cuando ocurre este descontento se transforma en algo general, y quienes habían votado al que ha causado el desastre tienden a englobar a todos los partidos y no acusar solo a uno, tal vez para calmar su mala conciencia, por estar cegados de partidismo futbolero, o por no comprometer sus valores, aunque ya no se vean representados por el Gobierno.

La gran desafección tendrá consecuencias dramáticas para nuestra democracia, pero entretanto, la gran pregunta es qué hacemos, qué le espera a la sociedad civil, al ciudadano medio. Lamentablemente, lo hemos visto en Valencia, ya no podemos contar con los poderes públicos, sino que debemos sacarnos las castañas del fuego por nuestra cuenta, sabiendo que, en caso de necesidad, el Gobierno está siempre demasiado ocupado con lo importante, que es remover por enésima vez a Franco para evitar que hablemos y editorialicemos sobre los casos de corrupción que le crecen como setas a Sánchez alrededor.

No es la primera vez que los españoles se sienten huérfanos de sus gobernantes. De hecho, el siglo XX fue desde sus inicios un largo camino hacia la desconfianza sobre la forma y las personas de Gobierno, y las consecuencias las tenemos presentes gracias al año de memoria franquista que ha decretado Sánchez, lo que pone de actualidad la barbarie de la república y los horrores de la guerra civil, que, a pesar de lo que digan los demagogos de turno, solo podía desembocar en una dictadura.

Dice Sánchez que la ultraderecha está en su momento álgido en toda Europa y, aunque pretende dar miedo, lo cierto es que cada vez más oyentes se sienten reconfortados con estas apreciaciones. Primero porque ultraderecha tan solo significa para el Gobierno todo aquello que no es extrema izquierda, y segundo porque, como ocurrió en Argentina con Milei, cada vez más personas piensan de este otro modo: de acuerdo, póngale la etiqueta que le dé la gana, pero garantíceme que eso cambiará las cosas por fin.

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