Eduardo Medrano
Motín de Esquilache
Todavía no ha llegado Donald Trump a la Casa Blanca y ya ha logrado algo histórico: que Israel y Hamás acuerden un alto al fuego, y la liberación gradual de los rehenes israelíes que los terroristas secuestraron en los atentados del 7 de octubre de 2023. No han pasado ni dos meses desde que ganó las elecciones en Estados Unidos y ya ha hecho más por la paz mundial que Joe Biden en sus 4 años en la Casa Blanca.
El acuerdo, cuyos últimos detalles de ejecución se están cerrando ahora, incluye el inicio de la retirada israelí de la Franja de Gaza, el regreso de más de un millón de gazatíes desplazados, y la liberación de un millar de presos palestinos –incluidas ratas terroristas-, así como el aumento de ayuda humanitaria hasta los 600 camiones diarios. Además, Estados Unidos se compromete con Israel a impedir que los terroristas puedan volver a establecerse en la Franja.
Después de todo lo que hemos visto, ahora un silencio sepulcral recorre Occidente ante la primera muestra de habilidad negociadora
Trump lo ha anunciado y ya ha sido corroborado por todas las partes. La reflexión resulta obligada. Durante años la izquierda americana y mundial, y parte de los tonto-conservadores europeos, han estado alertando sobre el inmenso peligro para la paz que suponía la vuelta de Trump al poder. Se esperaban muertes, destrucción, enormes guerras nucleares, y el fin del mundo. Por eso han tratado de impedir que pudiera ganar las elecciones por todas las vías posibles, redoblando esfuerzos mediáticos, forzando juicios desquiciados, e intoxicando el normal desarrollo de la campaña y las elecciones. Como aun así las encuestas todavía le eran propicias, intentaron matarlo en varias ocasiones, salvando la vida por unos milímetros en una de ellas. No es que apretase el gatillo un demócrata, sino que la izquierda se pasó meses y meses diciendo que había que acabar con Trump del modo que sea y a cualquier precio. Y eso es lo que intentaron varios asesinos. Y el resto es historia.
Bien. Después de toda esa matraca, después de ver como hasta el más idiota de los centristas, democristianos, y hasta conservadores europeos de boca pequeña declaraban públicamente su apoyo a la insignificante e inútil Kamala Harris (en España, tan honroso delirio ideológico corrió a cargo del PP, en la persona de Cuca Gamarra), y su rechazo frontal al peligroso, fascista, loco, beligerante, machista, racista y la retahíla habitual de estupideces que le dedicaban a Trump; después de todo lo que hemos visto, ahora un silencio sepulcral recorre Occidente ante la primera muestra de habilidad negociadora y contribución decisiva a la paz del presidente electo en su segunda etapa, porque recordemos que en la primera fue conocido precisamente por lograr históricos acuerdos, por no iniciar ninguna guerra, y por levantar la economía y el empleo de los Estados Unidos.
También guarda silencio, de momento, el Gobierno de España, que ha llegado a institucionalizar el argumento “trumpista” como insulto sinónimo de todas las fobias progresistas, y que ha terminado respaldando de la manera más vergonzosa a los secuestradores de Hamás frente a las víctimas israelíes. ¿Han hecho más por la paz que Trump la ruidosa manada de ministros que berrean en la Moncloa? Por supuesto que no. Y si por ellos fuera, Trump no habría ganado, y Oriente Próximo seguiría en llamas, mientras nuestras ministras se ponen trapitos palestinos en las manifas de los pijos de la revolución.
Es un silencio, el de la izquierda, estruendoso y molesto, porque parece que la mentira no cuenta cuando viene del ala zurda, que es una chiquillada. Y por supuesto que cuenta. Los demócratas, y todos sus altavoces, deberían admitir que han estado mintiendo al mundo durante cuatro años sobre la verdadera cara de Trump, y que, en efecto, aún no ha empezado su mandato y el mundo ya es un lugar un poco mejor. Eso es un hecho. El resto es ruido.
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