OLA DE CALOR
Ourense en alerta

El jefe que aprende a faltar

SENDA 0011

Opinión de Jorge Vázquez
Opinión de Jorge Vázquez

Hace unos años, un empresario al que respeto me dio el mejor consejo de gestión que he recibido, y lo hizo casi sin querer. Estábamos hablando de su empresa, una de esas compañías sólidas que crecen sin estridencias, y le pregunté cuál era su mayor orgullo. Esperaba que me hablara de una cifra, de un cliente importante, de un premio. Me miró un momento y dijo algo que todavía recuerdo: que el verano pasado había estado tres semanas fuera, sin llamar ni una sola vez, y que a la vuelta todo seguía en su sitio. No lo contaba como una anécdota de descanso. Lo contaba como la prueba de que había hecho bien su trabajo.

Me costó entenderlo del todo. Vivimos rodeados de una cultura que mide al jefe por su presencia. El que llega primero y se va el último, el que contesta los correos a medianoche, el que está en todas las reuniones porque sin él, según parece, no se decide nada. Durante mucho tiempo confundimos esa omnipresencia con compromiso, y al que más se sacrificaba lo poníamos de ejemplo. Pero hay una pregunta incómoda que casi nunca nos hacemos: si la empresa se para cuando tú no estás, ¿de verdad has construido algo, o solo te has hecho indispensable?

Hacerse indispensable es la trampa más dulce que existe. Halaga el ego, da seguridad, sirve para sentirse necesario. El problema es que una empresa que depende de una sola persona no es una empresa fuerte, es una empresa frágil con un dueño cansado. Cada decisión que pasa por ti es una decisión que tu equipo no aprende a tomar. Cada problema que resuelves tú es un músculo que a los demás se les atrofia. Sin darte cuenta, acabas siendo a la vez el motor y el techo de tu propio proyecto.

He aprendido, no sin tropiezos, que delegar de verdad no es repartir tareas. Repartir tareas es fácil, casi todo el mundo lo hace. Delegar es ceder el criterio, que es mucho más difícil, porque significa aceptar que otros harán las cosas de una manera distinta a la tuya, y a veces peor antes de hacerlas mejor. Significa morderse la lengua cuando ves que alguien va a equivocarse en algo que no es grave, y dejar que se equivoque, porque esa es la única forma en que aprenderá a no hacerlo la próxima vez. El jefe que corrige todo, a la larga, no forma a nadie. Solo cría dependientes que esperan instrucciones, y una organización entera mirando hacia arriba en lugar de hacia delante.

Un buen líder no es el imprescindible alrededor del cual gira todo, sino el que ha construido algo capaz de girar sin él. Mide tu liderazgo no por lo que se cae cuando faltas, sino por lo que sigue en pie.

Y aquí entra el verano, que es un buen examinador. Estas semanas en las que el ritmo baja y muchos nos ausentamos son, sin pretenderlo, una auditoría honesta de cómo hemos liderado el resto del año. La empresa que aguanta agosto sin sobresaltos es la que tiene la cabeza repartida en muchos sitios. La que entra en crisis cada vez que el responsable coge vacaciones está mandando una señal que conviene escuchar: alguien ha concentrado demasiado y ha confiado demasiado poco. No es un problema de las vacaciones. Es un problema que las vacaciones se limitan a destapar.

No defiendo al jefe ausente, el que se desentiende y deja el barco a la deriva confundiendo la delegación con el abandono. Eso es lo contrario de lo que digo. Faltar bien exige antes haber estado mucho y muy presente: haber explicado el porqué de las cosas, haber dado contexto, haber formado a la gente para que decida sola cuando tú no estés. La ausencia que funciona es la que se ha ganado con años de presencia inteligente. Lo otro no es liderazgo, es dejadez con buena prensa.

Quizá ese sea el verdadero indicador del trabajo bien hecho. No cuánto te necesitan, sino cuánto han dejado de necesitarte. Un buen líder no es el imprescindible alrededor del cual gira todo, sino el que ha construido algo capaz de girar sin él. Mide tu liderazgo no por lo que se cae cuando faltas, sino por lo que sigue en pie.

Así que estos días, antes de desconectar del todo, propongo un examen sin testigos. No mirar cuántos correos te esperan, sino cuántos no hacían falta que te esperasen. Y recordar aquello que aquel empresario entendió mucho antes que yo: que el día más orgulloso de un jefe no es aquel en que todos lo aplauden, sino aquel en que se va, no llama, y al volver encuentra que nada se había roto.

Contenido patrocinado

stats