Eduardo Medrano
Motín de Esquilache
Hay dos indicadores objetivos que presagian una posible convocatoria de elecciones generales en 2025. Uno, el festival conmemorativo de Sánchez para celebrar el 50 aniversario de la muerte de Franco, que tras el anuncio inicial como “francomodin” se ha transformado hábilmente en el aniversario de los “50 años de España en libertad”. Y dos, la premura atropellada con la que el líder del PSOE está procediendo desde finales de 2024 a renovar el poder territorial socialista con intención clara de estimular el aparato electoral tras su reelección en el Congreso Federal del PSOE. Junto a estos dos hechos inequívocos de clarísima vocación electoralista, aparecen otros aspectos políticos, judiciales y económicos que el sanchismo no está en disposición de controlar por mucho que intente politizar la Justicia, usar el lawfare o colonizar las instituciones. Me refiero a la investigación de los tribunales y la UCO sobre distintos casos de corrupción que afectan a miembros de su partido, Gobierno y familia, y al desapego de sus socios Frankenstein, que se huelen la tostada y no están en disposición de garantizar unos Presupuestos con los que acabar la Legislatura dada la corrupción que pone en duda hasta la limpieza de la propia Fiscalía del Estado.
Sánchez emula a Ayuso cuando acuñó aquel eslogan político tan efectivo que instaba a elegir entre Sánchez o libertad
El carrusel conmemorativo de la muerte en la cama de Franco tiene la clara intención de mantener vivo el guerracivilismo, la división y la polarización para movilizar al electorado de izquierdas que, según todas las encuestas salvo el CIS, va abandonando poco a poco al sanchismo. Se trata de confrontar con la oposición y la Corona para imponer el relato divisivo entre buenos y malos, entre Monarquía heredera del franquismo o República nostálgica de libertades progresistas con amnesia sobre el reparto de culpas en la detonación de la Guerra Civil española. Sánchez ha diseñado con habilidad reincidente un esquema político electoral que ofrece dos alternativas: el régimen sanchista que él lidera junto a los socios Frankenstein o el regreso al pasado inmovilista y reaccionario con el que quiere identificar a Feijóo, Ayuso, Abascal y todos aquellos que le resten votos y aúpen una alternativa democrática y legítima de gobernanza.
El descaro con el que el Tribunal Constitucional de Pumpido ha tratado de revertir el mayor caso de corrupción de la democracia (los ERE andaluces bajo mandato socialista) obedece a un plan de auto blanqueamiento sociopolítico para recuperar una parte del electorado de Andalucía que ahora vota a Juanma Moreno en el feudo tradicional del socialismo perdido bajo liderazgo de Sánchez. Eso explica el veto a Espadas en el PSOE andaluz, igual que los movimientos de idéntica dirección en Castilla y León, Valencia, Aragón o Madrid, comunidad esta última gobernada por el PP bajo el azote del sanchismo en el que la propia Moncloa ha convertido a Díaz Ayuso. Sánchez emula a la presidenta madrileña cuando acuñó aquel eslogan político tan efectivo que instaba a elegir entre Sánchez o libertad y democracia. Dándole la vuelta, los creativos propagandistas monclovitas no se han esforzado demasiado en esta ocasión pues lo que pretenden es que los españoles elijan entre Sánchez o la dictadura franquista. En las próximas elecciones generales a Sánchez ya no le bastará con el vivero de votos de Cataluña, cultivado a base de cesiones económicas al chantaje separatista o mediante la ley de amnistía. Necesita Andalucía y Madrid, y de paso, todo lo que pueda arañar en otras comunidades bajo la agitación anual franquista que ha puesto en marcha esta semana.
Esta teoría electoral es sólo un esbozo intuitivo, porque en política nunca se pueden hacer planes ni a corto plazo. Sánchez piensa que la verdadera democracia ha llegado con él, lo cual es un indudable tic autoritario muy caribeño. El sanchismo pretende la refundación del mal llamado régimen del 78, porque cree erróneamente que la democracia comenzó con la muerte de Franco, y no con la concordia y reconciliación de la Transición a partir de las primeras elecciones democráticas del 77 que nos ha deparado una larga convivencia constitucional pese al terrorismo de ETA e islamista o las intentonas golpistas de 1981 y 2017. En ambas, el papel de la Corona fue decisivo, y da la impresión de que la Monarquía también es ahora un dique de contención contra ensoñaciones autocráticas que no sólo tergiversan la historia, sino que la reescriben mediante un relato partidista con fines electorales y políticos, como ocurre en Venezuela. Una teoría electoral que retrata la engañosa habilidad de Sánchez para reinventarse y permanecer en el poder como blindaje de impunidad ante su incierto futuro judicial, como en Venezuela. Una teoría electoral revanchista que los poderes económicos y empresariales no descartan y que la oposición tiene en cuenta, dadas las artimañas empleadas en los últimos tiempos por el poder gobernante, como en Venezuela. De momento, Sánchez ha logrado recuperar cierta iniciativa política resucitando periódicamente a Franco, pero en diversos foros nacionales e internacionales de influencia le dan por enterrado bajo el fango de sus propias políticas y sus consecuencias para España.
María Jesús Montero es la más fiel escudera de la operación electoral sanchista que profesa adoración incondicional al líder. Montero no sólo se ha convertido en la apuesta de Sánchez para recuperar Andalucía, sino que garantiza su inmunidad en caso de que las circunstancias le marginen del poder y le compliquen la vida política y judicial. La política andaluza no sólo es vicepresidenta primera del Gobierno, ministra de la caja recaudatoria y número 2 del PSOE. También es la candidata potencial en una hipotética sucesión de Sánchez por su acumulación de poder en el Gobierno y el partido que tranquiliza y disipa los temores del jefe supremo a rebeliones internas contra su propio liderazgo. Los méritos de Montero son muchos: una gran capacidad para hablar sin decir nada, un enorme sentido del servilismo partidista y una eficaz sumisión y sacrificio en beneficio de la causa sanchista, que no es otra que la de su amado líder. Montero representa, además, otra de las apuestas de propaganda populista de la izquierda: un feminismo radical exacerbado basado únicamente en su condición de mujer con la que practicar la Monteroterapia sanchista.
Miguel Ángel Rodríguez, conocido como MAR en la trastienda política y mediática, declaró como testigo esta semana en el Supremo por las filtraciones relacionadas con el caso del novio de Ayuso, de la que es jefe de Gabinete. En un intento de coartada y de igualar el descrédito de las filtraciones del Fiscal del Estado, imputado por el alto tribunal, el PSOE denunció a MAR provocando un mar-emoto en un vaso de agua porque no es lo mismo. No es lo mismo el caso de Rodríguez y su engordada equiparación a la filtración de datos confidenciales sobre una causa fiscal de la pareja de Ayuso por parte de un Fiscal del Estado nada menos que investigado por el Supremo y acusado de borrar los mensajes de su móvil entre el 8 y el 14 de marzo, fechas con las que coinciden dichas filtraciones. El juez del Supremo ha pedido a la UCO recuperar los whatsapp eliminados del teléfono del fiscal, que cambió de móvil al saberse investigado. El magistrado también ha solicitado a las operadoras telefónicas el tráfico de llamadas recibidas por el Fiscal del borrado y sus respectivas identidades. El tsunami del borrado y la corrupción no es un maremoto en un vaso.
Contenido patrocinado
También te puede interesar
Lo último