Eduardo Medrano
Motín de Esquilache
Durante décadas se decía que “quedan cincuenta años” para poder tener resuelto el problema de la energía nuclear de fusión. Pasaban los años, y siempre estaba ahí ese número mágico… “dentro de cincuenta años”.
Estos plazos, afortunadamente han ido cambiando. Desde hace algo más de un par de décadas, ya se habla “de veinticinco años”. Y en los últimos meses, si hablas con expertos en el campo, te hablan “de quince años”.
El problema es que esas temperaturas se alcanzan de manera rápida y descienden también de forma rápida, en ciclos repetidos, sometiendo al material a fuertes choques térmicos, difíciles de soportar por las frágiles cerámicas. Necesitamos un material “más” ductil, pero que también soporte esas altas temperaturas
Parece que algo está pasando y que convergemos algo más hacia una solución real. Alemania, que destruyó bajo el yihadismo antinuclear todas sus centrales nucleares de fisión, el pasado mes de marzo ha anunciado un ambicioso programa nuclear (de fusión) que implica no solo trabajar en el ámbito tecnológico, sino también de la I+D para acelerar la posibilidad de construir la primera central de fusión en el año 2040 (¡a 15años!). “La carrera global está en marcha. Me gustaría que en Alemania estuviéramos entre los primeros en construir una central eléctrica de fusión. No debemos perder esta gran oportunidad, especialmente con miras al crecimiento y la prosperidad”, anunció la ministra Bettina Stark-Watzinger y comprometió ampliar a 1 mil millones de euros las inversiones en I+D en los próximos 5 años.
En una época de crisis energética profunda, apostar por una energía limpia e ilimitada, parece que es una buena inversión, si además tenemos en cuenta que la I+D en fusión nuclear generará muchas sinergias con otros muchos campos de la ciencia que quedarán potenciados.
¿Qué ha cambiado en esta percepción de que la energía de fusión puede ser ya una realidad? Como siempre defiendo, los materiales son la causa limitante de todos los saltos tecnológicos importantes, en cualquier ámbito industrial. Aquí también. En el corazón de los futuros reactores de fusión, existe una cámara con forma de toroide donde se genera un plasma que puede alcanzar temperaturas por encima de los 2.000ºC. Los materiales que recubren ese toroide, deben soportar esas temperaturas. Una solución podría ser algún material cerámico. El problema es que esas temperaturas se alcanzan de manera rápida y descienden también de forma rápida, en ciclos repetidos, sometiendo al material a fuertes choques térmicos, difíciles de soportar por las frágiles cerámicas. Necesitamos un material “más” ductil, pero que también soporte esas altas temperaturas. Y eso dirige nuestras miradas a los llamados “metales refractarios” (que funden por encima de 2.500ºC) y de entre ellos, al wolframio. El W funde a 3.380ºC y puede soportar bien temperaturas en el entorno de los 2.500ºC y a priori con suficiente ductilidad para soportar los ciclos térmicos que se esperan en el reactor. Y aquí estaba el problema. El W soportaba bien las temperaturas y los ciclos térmicos, pero su microestructura crecía, se hinchaba con la temperatura, y eso provocaba fallos. Recientemente, se han desarrollado nuevas aleaciones basadas en el wolframio, que a escala de laboratorio soportan las temperaturas y los choques térmicos que se producirán en el reactor de fusión. Una vez más, los materiales salen al rescate.
Ahora hay que invertir en I+D para poder escalar lo que ya es una realidad en el laboratorio al tamaño de un reactor industrial, y eso es lo que claramente se ha decidido en Alemania. Por desgracia en España seguimos anclados en una visión de la I+D pueblerina y rácana, donde invertimos muy por debajo de la media de la OCDE. Y para colmo nuestros yihadistas antinucleares (también dentro del Gobierno) no distinguen las churras de las merinas. También perderemos este tren.
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