Nos hacen falta más inmigrantes

Publicado: 03 ene 2025 - 00:25

Es deplorable el abuso de la cuestión migratoria por parte de los populistas, tanto de izquierdas como de derechas. Para empezar, hay que recordar que la libertad de movimientos y de asentamiento es un derecho humano desde que el mundo es mundo, y que el estado natural de la humanidad siempre ha sido la migración y el mestizaje. Nuestra especie empezó como nómada, y cuando decidió asentarse cambió una y mil veces el emplazamiento de sus comunidades. Migrar es natural y es legítimo. La mezcla siempre nos ha enriquecido, y la endogamia genética y cultural nos ha refrenado. Por debajo de la gran mayoría de posiciones anti-inmigración lo que subyace es, sobre todo, una profunda aversión etnocultural al diferente. Por otro lado, la “propiedad nacional” no existe desde una posición liberal o, más aún, libertaria: la única propiedad legítima es la privada, por lo cual todo el territorio no escriturado a favor de una persona física o jurídica es de libre uso, tránsito y asentamiento por cualquiera. Las fronteras protegen a los Estados y a sus intereses, no a los seres humanos. Esta es la base filosófica liberal de la cuestión migratoria, pero también hay poderosos argumentos prácticos.

Para empezar, todo el mundo es consciente de que el desarrollo avanzado provoca menos nacimientos. En realidad no hay de qué alarmarse, porque las sociedades son escalables al alza y a la baja, y no pasa absolutamente nada porque no se alcance la supuesta tasa de reposición poblacional. Ese peligro de caída de la población es un mito colectivista de los ingenieros sociales que aspiran a tratar a sus países como a bonsáis, manteniéndolos perfectamente podados y brillantes. Pero precisamente son los colectivistas de derechas -y algunos de los de izquierdas- quienes hablan de “invierno demográfico” y promueven medidas radicales para fomentar la natalidad a cualquier precio, a veces buscando para sus países (como Orbán en Hungría) unas tasas de natalidad que competirían con la de Uganda: el agravio fiscal húngaro establece un paraíso tributario sólo para quienes se pongan a parir como conejas, quedando exentas de IRPF si aportan cuatro o más churumbeles bien magiares a la patria. Obviamente, los nacional-populistas deberían ser los primeros en comprender que esa medida no sirve para corregir el supuesto “invierno”, porque esos bebés tardarán dos décadas en empezar a ser económicamente productivos. Lo que hay detrás de sus medidas es, en realidad, un absurdo terror étnico (“nos van a diluir”) y, de paso, un intento de mandar de vuelta a las tareas del hogar a muchas mujeres, al incentivar su maternidad continua a costa de su progreso profesional.

Además, necesitamos inmigrantes. No sólo para “pagarnos las pensiones”, que es un argumento falaz de la izquierda (en realidad debemos abolir el nefasto sistema de pensiones “de reparto”, que sólo reparte miseria, y pasar a otro de capitalización individualizada en el que cada trabajador construya su pensión). Pero, en la medida en que persista el lamentable consenso de casi todo el mundo en torno al actual paradigma de pensiones, con mayor razón harán falta grandes contingentes de inmigrantes que coticen mañana, no dentro de veinte años. Y necesitamos inmigrantes también para dotar muchos puestos de trabajo, en todos los niveles de cualificación, y para hacer más competitivo nuestro mercado de trabajo, siendo ya urgente su completa desregulación. Hacen falta más y mejores cauces legales para la inmigración, y para atraer a la más cualificada.

La inmensa mayoría de los inmigrantes constituyen un gran activo para las sociedades que los acogen. Su aversión al riesgo hace de ellos buenos candidatos al trabajo por cuenta ajena pero, sobre todo, por cuenta propia. Necesitamos facilitar el trabajo autónomo y el microemprendimiento a estas personas, que, cuando se les deja, frecuentemente terminan emprendiendo y creando riqueza y empleo. Las pymes de inmigrantes son mejores ciudadanos corporativos, sobreviven más y recuperan antes la inversión realizada.

El problema no es el flujo migratorio natural en la humanidad. El problema es el sobreflujo debido a dos factores estatales: el efecto llamada en los países de destino y el efecto expulsión en los de origen. Ambos se deben a la política. Y ambos puede corregirse. Pero, sobre todo, es necesario recuperar la vieja idea de Paul Romer: crear en los márgenes del mundo desarrollado, en los países de tránsito, buenas zonas económicas libres con administración temporal conjunta del país anfitrión y de una potencia occidental o un bloque como la UE (para generar seguridad jurídica a los inversores), quizá por treinta o cincuenta años. Estas zonas de rápido crecimiento derivarían una parte sustancial del sobreflujo, contribuyendo al desarrollo de esos países de tránsito y ofreciendo un empleo inmediato a los inmigrantes que absorberían, además de aliviar la llegada masiva de migrantes poco cualificados. Bryan Caplan ha calculado que la apertura de fronteras doblaría el PIB mundial. Sí, rotundamente, nos hacen falta más inmigrantes.

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