Eduardo Medrano
Motín de Esquilache
El ángulo inverso
Jueves, 10 de abril
Ya quedan pocos restos de aquel periodismo en que el “enviado especial” se jugaba el pellejo
Llego a la tertulia y observo que todos me miran escudriñándome. Una mirada interrogante, casi diría que policial. Me digo, qué cojones pasa aquí, a qué viene este mosqueo conmigo. Venga, un vodka urgente. De inmediato va el músico y me espeta: “Vaya artículo que te has tirado el domingo. Lo estábamos comentando y cuesta creer tu historia y cómo recuperaste el jodido teléfono. ¿No será una fantasía tuya? ¿Quién se cree que en la madrugada encuentras una aguja en un pajar?”
Sus frases me sentaron como un puñetazo en el estómago. Alguno me miraba entre irónico y burlón. Hay que joderse, no todos pero alguno me observa tal un mentiroso.
Calma, Jaime, me digo, encaja sin mover un músculo. Pero qué le vamos a hacer, salió el españolito encabronado que todos llevamos dentro. Allá voy, como gato panza arriba.
“Lo que sucede es que vosotros sois eso que llaman buenos chicos. Tenéis el certificado de buena conducta en la frente. No habéis caminado por el lado oscuro. No habéis quemado la noche al límite. No os habéis bebido la Movida madrileña hasta las heces”.
Mis contertulios me miran estupefactos, no esperaban esta acometida, pero yo continúo con mi discurso agresivo. “No habéis estado en el filo de la navaja. No habéis atravesado la raia con un fardo al hombro borrando las huellas como hacen los zorros, con el rabo. No caminasteis sintiendo el peligro en los tugurios de Tánger”. El abogado hace un gesto y dice con voz alta: “Para, para, Jaimito, no vengas de héroe raioto a estas alturas. No te hagas el kie, como tú escribes a veces. Es bien cierto que algunos dudamos de la historieta del teléfono; todos los que estamos aquí hemos tenido también nuestras movidas, así que deja de insultarnos…”
Un buen trago al vodka, estoy lanzado. “Tampoco habéis pisado los callejones de Centroeuropa. Preguntadle a Quique, el propietario del Frade, al que conocí en Ámsterdam. Él nació allí y más de una vez me llevó de paquete en su Honda con los suyos. Fíjate qué cambio, hoy tiene sin duda uno de los mejores locales de la ciudad”. Hay un silencio. Todos se quedan pensativos: “Además, si no tuviese ese tipo de experiencias, cómo iba a escribir hirvientes letras de rock y blues para Miguel y mis colegas. Es evidente que desconocéis el periodismo de investigación. Yo colaboré con estos temas en aquella revista punzante, ‘La Calle’. Siempre me gustó el periodismo y la literatura con riesgo. ¿Sabéis cuántos periodistas han muerto en Gaza en estos ciento y pico días? Pues pasa con creces de los cincuenta”.
“Cuando has vivido en grandes ciudades, no es complicado controlar una pequeña ciudad de provincias. Cualquier chico pedigüeño de la calle sabe dónde se mueve el rollo. Así que no creáis que fue excesivamente complicado encontrar mi jodido teléfono. Ya quedan pocos restos de aquel periodismo en que el ‘enviado especial’ se jugaba el pellejo. Cuentan que el mejor periodismo bélico se hizo en la guerra española allá en el 36. Cierto, siguiendo a Líster, iba un montón de periodistas, sobre todo americanos e ingleses, que atravesaron las aguas heladas del Ebro y estuvieron en primera línea en la que, sin duda, fue la batalla más importante de la guerra civil española. Allí se inició el declive de la llamada España roja. Allí estuvo y vivaqueó con las tropas el más grande, Ernst Hemingway. Allí se inspiró para esa película estremecedora, ‘Por quién doblan las campanas”.
(El abogado lleva un rato pensativo, casi diría dolorido. “Ya hace años, en Ferrol, conocí a José Couso. Entonces, era un cámara independiente. Después, se fue a Madrid y no supe más de él. Todos sabéis de su muerte. Allí estaba, en primera línea en Irak. Un periodista caído”).
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