La Junta de Paz, otra ocurrencia de Trump

Publicado: 30 ene 2026 - 02:10
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El “Board of Peace” nació en el Foro Económico Mundial celebrado este mes en Davos, y lo hizo con esa mezcla de grandilocuencia y ambigüedad que caracteriza a la pseudodiplomacia chabacana y espectacular de Trump. Se presentó como una iniciativa destinada a establecer un nuevo mecanismo para garantizar la “paz” en Gaza, pero de la cual se insinúa una pretensión global que va mucho más allá. Se han negado a sumarse las principales democracias del mundo desarrollado. Muchos dirigentes y diplomáticos han expresado el temor de que este extraño organismo sin poder real, meramente consultivo para Trump, aspire a comportarse como el embrión de una “nueva ONU” de diseño personalista. Más de un país ha exigido que el invento se limite a la Franja de Gaza, porque de lo contrario pondrá en peligro el orden basado en el sistema de San Francisco: Carta de la ONU, arquitectura de 1945, y entramado posterior de tratados y organizaciones mundiales. Es un orden bastante imperfecto pero tiene dos virtudes que la alternativa trumpista no ofrece: procedimiento y previsibilidad. Las normas son lentas, frustrantes y a menudo hipócritas, pero son un marco. La “junta” que propone Trump es lo contrario: un club de Estados seleccionados que participan por invitación, con mandato elástico, susceptible de extenderse a “otros conflictos” por pura voluntad política del jefe de la cosa. El borrador de estatutos habla de un órgano “para promover la paz en el mundo” y de una expansión del cometido más allá de Gaza. Dicho de otro modo: un mecanismo de excepcionalidad permanente.

En Davos, Trump llegó a afirmar que Putin había aceptado la invitación, pero el propio Putin lo desmintió de inmediato y esa controversia resume todo el experimento: improvisación, propaganda y normalización del agresor.

La segunda anomalía es aún más grave: la personalización del poder y la ausencia total de contrapesos en el ejercicio del mismo. Trump ha manifestado que se reserva la presidencia del organismo, no sólo en el momento de su creación sino incluso después de dejar la Casa Dorada (antes Blanca), y con carácter vitalicio. Eso no es un organismo internacional, sino un trono imperial decorado con los oropeles kitsch que chiflan a este hortera. No es una Junta de Paz sino una especie de soberanía global paralela. Y eso enlaza con la tercera aberración: la composición. La lista de participantes incluye figuras y regímenes que harían sonrojar a cualquier jurista mínimamente racional. Que el tirano bielorruso Alexander Lukashenko se siente en un órgano “de paz” ya es una broma de mal gusto, pero aún peor es invitar a Rusia, una potencia en guerra de agresión, con ocupación de territorio ajeno. Esto es una distorsión deliberada del concepto mismo de paz. Casi todos los demás países invitados son monarquías absolutas u otras formas de dictadura. En Davos, Trump llegó a afirmar que Putin había aceptado la invitación, pero el propio Putin lo desmintió de inmediato y esa controversia resume todo el experimento: improvisación, propaganda y normalización del agresor. Otro ejemplo de la arbitrariedad total de la dichosa “junta” ha sido invitar a Canadá para después retirarle la invitación a los pocos días simplemente por los desencuentros de Trump y Carney por otras cuestiones no relacionadas.

La cuarta cuestión es el incentivo material: la “junta” prevista por Trump incluye una membresía con limitación temporal, salvo que un país pague una suma enorme para obtener un estatus permanente a golpe de talonario. Es difícil imaginar un mecanismo más corrosivo para cualquier noción de legitimidad jurídico-internacional. Eso no es un foro de paz sino un bazar de influencias con Trump como amo. Este líder cesarista busca en realidad destruir el multilateralismo sustituyendo la regla por el favor.

Sí, Naciones Unidas es un teatro insatisfactorio, ineficaz en muchos casos y lleno también de Estados nada recomendables. Es verdad. Pero la salida a la impotencia no puede ser crear algo todavía peor asentando el caudillismo en el ámbito internacional. La respuesta a un mal diseño institucional es más control del poder, no menos. Más transparencia, no menos. Más límites, no menos. Y un Consejo de Seguridad que debe cambiar para basarse en criterios realistas, no en miembros permanentes con veto. Esta “junta” de Trump que se pretende global y que, al mismo tiempo, responde a la voluntad de un solo hombre, es el sueño húmedo de cualquier autócrata. Si esta maldita “junta” se consolida como alternativa blanda al sistema de la ONU, el resultado no será más paz sino menos Derecho, menos previsibilidad, menos protección para los pequeños, y más espacio para los peores. Y a la postre, menos paz. Con Gaza como pretexto fundacional se quiere trastocar la arquitectura jurídica del planeta entero, y no para mejorarla sino para envilecerla aún más. En política internacional hay ideas malas y luego hay ideas peligrosas. El “Board of Peace” trumpiano pertenece a la segunda categoría. La comunidad internacional debería tener la valentía de plantar cara al energúmeno de Washington y decirle sin rodeos ni paños calientes que la paz no se edifica destruyendo el poco Derecho Internacional que tenemos. Y que, desde luego, tampoco se puede construir entronizando a un líder populista como árbitro vitalicio del planeta.

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