Eduardo Medrano
Motín de Esquilache
De siempre se dijo que la política hace extraños compañeros de cama. No se sabe la autoría de la frase. Por lo leído al respecto, desde Manuel Fraga a Churchill, pasando por Groucho Marx, la pronunciaron, por lo que no debe haber dudas de la aseveración. Es evidente que la política ha echado mano de extrañas parejas. A lo largo de mis años en política -aunque no a tan alto nivel-, lo pude comprobar ante mis propias narices; no sólo compañeros de cama entre gente de formaciones políticas antagónicas o en las antípodas, sino también entre compañeros de una misma formación, que si como nexo común sólo tenían un saludo indiferente, sin embargo, en un momento dado, por motivos comúnmente interesados de conveniencia mutua, se hacen amigos de toda la vida como si nada hubiese ocurrido antes.
Pero lo que acontece entre el prófugo Puigdemont y Sánchez, ya desde el sí para la investidura de Sánchez, no sólo se vislumbra a la vista de todos como un extraño, por interesado, compañero de cama, con el objetivo de conseguir réditos políticos propios -no por el interés general-, sino que el decúbito supino sobre la cama es precedido frecuentemente de una “acendrada trayectoria de amago”, de estarse retando continuamente con amenazas o lanzando órdagos el prófugo de la Justicia al presidente del Gobierno. Y éste ¡sucumbe! ante el terror a no continuar ocupando y durmiendo en Moncloa. El chantaje es evidente con sólo esa táctica de aprieto, pero no ahogo, y tú cedes y accedes.
De tal manera que fue anunciar el fugitivo Puigdemont la suspensión de negociaciones, lanzando al aire un órdago consistente en dejar en minoría parlamentaria a Sánchez por incumplimientos de investidura -acendrada trayectoria de amagar-, para que Sánchez Pérez-Castejón reconsidere su posición y ahora sí, evitando más larga humillación, accede a reunirse con el independentista. Y ¡España, capital Waterloo!
La excusa de la disputa, del tira y afloja, del no pero sí, entre Sánchez y Puigdemont es o cumplimiento de los acuerdos de investidura, o moción de censura, o nuevas elecciones; con el consabido reflejo de que el menos interesado en nuevas elecciones es Puigdemont y los independentistas. Estos saben del riesgo de que todo se echara a perder, una vez conseguido por la necesidad de Sánchez a costa de todos. Fue amagar y el PSOE ya ha viajado a Waterloo, no para ver la historia de Napoleón en aquella ciudad, sino para cumplir con la petición del residente y recordarles los incumplimientos y foto. ¡Humillar! Y que pase el tiempo.
Ni traspaso de competencias en inmigración, del catalán en la UE nada se sabe, la amnistía está estancada, presupuestos singulares continúan como plurales y de la condonación de la deuda no hay rastro…, serían razones suficientes para romper cualquier acuerdo, haciendo saltar por los aires la Legislatura a los dieciocho meses de su comienzo. ¿A quién beneficia tal explosión? Se suspenden negociaciones, al igual que se vuelven a retomar cruce de declaraciones, órdagos, amagos… pero lo común e importante para las dos partes es descartar el final abrupto de la Legislatura. No beneficia al gobierno Frankenstein.
Ante la penúltima acendrada amenaza de Junts: “Si Sánchez vuelve a presentar un real decreto con medidas sin consenso habrá que explicarle a este señor cómo funciona la película…”, Sánchez replica que buscará votos “debajo de las piedras”. Y mientras, el conjunto de los españoles contempla atónito lo que sucede, sin presupuestos un año más, Neme dice: “Comienza la reunión de la comunidad de vecinos con un punto único, cual es el debate y aprobación de la propuesta del presidente de ponerse un sueldo de cinco mil euros/mes y, asímismo, colocar una rampa para sillas de ruedas. Los vecinos votan en contra. ¡Ah, qué cabrones! Queréis joderle la vida al vecino, que es discapacitado”. ¿Les recuerda a la polémica de estos días? La acendrada trayectoria de amagar con las pensiones.
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