Pilar Cernuda
CRÓNICA PERSONAL
Aquí no dimite nadie
Los padres de antes, los míos, no eran de dar consejos. Poco más o menos te soltaban a la vida y allá te las apañaras. El paso del tiempo, visto desde hoy, no incluía grandes acontecimientos: el colegio, los deberes, las vacaciones luminosas. Los padres parecían siempre distantes, ocupados o cansados por las cosas del trabajo o cualquier otra cuestión del momento. En aquel correr de los días azules, que diría el poeta, y hasta la emancipación de la universidad, recuerdo la insistencia de mi padre en inculcarnos la importancia de decir siempre la verdad. Aquello fue lo más cercano a un imperativo categórico que he llegado a escuchar. La importancia de la verdad, de no decir mentiras. Después la vida, las circunstancias más o menos comprometidas que surgen al desasirse de la protectora mano paterna o materna, nos enseñaron los atajos por los que una mentira podía eludir algunos bretes. Eran las mentiras piadosas, un rodeo justificable.
A propósito de los periodistas y la verdad, Vargas Llosa escribió lo siguiente: “El periodismo, que puede ser algo vil y sucio, puede convertirse de pronto en un instrumento de liberación, de defensa moral y cívica de una sociedad”
De la rigurosa verdad infantil y las primeras leves mentiras con capacidad de hacer más digeribles algunos tragos amargos, se pasaba sin solución de continuidad a la jungla donde el ejercicio de la mentira más descarada y grosera era el salvoconducto de los más caraduras; también de los más vulnerables. Estos días, cualquier interesado ha podido escuchar la declaración ante el Tribunal Supremo, de Miguel Ángel Rodríguez, jefe de gabinete de la presidenta de la comunidad de Madrid. Este señor, que pone la propia cabellera blanca como garante de su capacidad prospectiva, ha reconocido y justificado sus fabulaciones con desparpajo capitalino: “Era un mensaje –el difundido por él mismo- sin apoyo en ninguna fuente. Yo soy periodista y trabajo en política. No soy un notario que necesite ninguna compulsa”.
A propósito de los periodistas y la verdad, Vargas Llosa escribió lo siguiente: “El periodismo, que puede ser algo vil y sucio, puede convertirse de pronto en un instrumento de liberación, de defensa moral y cívica de una sociedad”. En todo caso, evitemos que los desperdicios acumulados sobre la ética periodística arruinen el genuino resplandor de la verdad. Las tablas de Moisés, las mostradas en el monte Sinaí, lo afirman los pueblos del libro, advertían del mandato unánime de no mentir ni levantar falso testimonio sobre el prójimo. Cuando nadie parece ya interesado en salvar la verdad y se normaliza la llamada posverdad, “distorsión deliberada de una realidad en la que priman las emociones y las creencias personales”, así la define la Wikipedia, sería un exceso de ingenuidad y ñoñería escandalizarse por la creciente indulgencia ante la mentira. La verdad podría ser, solo ya, el eco nostálgico y moral que nos llega de la infancia, un tiempo abonado para las certezas. ¿La luz de una estrella extinta?
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