Julián Pardinas Sanz
Una “verdad” bajo sospecha
Ayer me conmovió un artículo de Raúl del Pozo en El Mundo. Cuenta que, después de mucho tiempo, se atrevió a entrar en el venerable café Gijón. Dice: "Tuve la sensación de que estaba en una cripta". Ay, ya no está Paco el cerillero que le dio tantos recados, fue su prestamista y le vendió la lotería mientras sacaba tabaco de su reluciente caja de cristal.
Dice Raúl que en los buenos tiempos, hasta el fin de la prolongada posguerra, llegó a haber en Madrid más de cien cafés. Allí abrevaban camadas de poetas desnutridos, los sagaces periodistas de El Caso y, cierto, mujeres fatales que se colgaban del brazo de pintores famosos.
Hoy entras en el Gijón y miras aquello como miras la historia.
Inevitablemente, Raúl nombra al poeta maldito Carlos Oroza. Cuántas tardes pasé al lado de Carlos. Un día, el poeta abandonó su cubil en el café y nos fuimos al Lyon, enfrente a Correos. Era más juvenil, acudía mucha gente del cine y siempre había alguien, al rescate, que te pagaba el café. A las chicas de mirada lánguida les hablábamos del segundo sexo y de Simone de Beauvoir. Todavía no habían llegado los ejecutivos que nos las levantaban diciendo "te quiero con toda mi Visa". Aún colaba aquello de: "No soy el hombre del tiempo pero puedo leer en tu cara" o "mi alma es un campo devastado".
Allí, en la barra del Lyon, la conocí un día lluvioso de Madrid. Piel muy blanca, melena extensa y un leve acento chileno. Era muy bella. La presentí una frágil mujer fuerte. Tal vez me atrapó un sutil rictus de hielo. Traía bajo el brazo discos de Quilapayún, Víctor Jara y Violeta Parra. Acababa de llegar de Chile, donde su padre ejerció de diplomático. Lector, te hablo de Isabel San Sebastián. Tengo en mis manos "Lo último que verán tus ojos", su última novela. Me ha cautivado.
Pero, te cuento de aquellos años de utopías. ¿Recuerdas, Isabel?, decidimos irnos a Ibiza. Me pusiste una condición: "Mi padre tiene que verte la cara". Yo llevaba barba, trenca y era un chico "progre" como Dios manda. Me armé de valor. Quedamos en una cafetería en Goya. Tu padre llegó pronto, me echó un vistazo discreto y solo me preguntó: "¿A qué se dedica usted?". "Hago lo que puedo", respondí un poco altivo.
Allá nos fuimos. Primero a Ibiza y luego a Formentera. Allí, en la mítica Fonda Pepe convivimos con algunos músicos de la legendaria banda de King Crimson. Componían entonces el vibrante "Lady Formentera": "Formentera canta tu canción para mí,/ la dulce amante Formentera".
Conque Raúl, después de tanto tiempo, entró en el café Gijón. Tal vez se espantó al percibir los espectros que todavía vagan entre las mesas. Escuchó las voces desafiantes de Trabazo, allá al fondo las estrepitosas risas de Laxeiro y el decir arrogante de Paco Umbral, al lado de la cristalera.
(Ay, Isabel, me tiene atrapado tu novela "Lo último que verán tus ojos". Qué daría por tomar el té contigo en el aristocrático salón del Embassy. Qué certera: "La dignidad de un hombre se mide por cómo le hace frente a la muerte". Vas revelando secretos en tus páginas. Cierto, nosotros también tenemos el nuestro.)
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