Ramón Pastrana
LA PUNTILLA
Esencias
Como muchos otros españoles adictos al día a día, me pregunto si el procedimiento de acercar presos de ETA a su territorio de origen es un caso prioritario y exigido mayoritariamente por la sociedad. Sospecho que no, y que no hay una petición mayoritaria de un tema que el presidente Sánchez ha tomado como suyo y ha sido, al parecer, el eje de su primer encuentro con el lendakari Urkullu, ese señor vasco cuyo partido ha otorgado a Sánchez una presidencia del Gobierno que no procede de las urnas sino de los siete votos de sus diputados en el Parlamento de la carrera de San Jerónimo. Tampoco creo que lo sea la posibilidad de hacer el mismo apaño de acercamiento con los independentistas catalanes en prisión provisional. Nadie ignora que una decisión de estas características proporcionaría a los reclusos etarras un ámbito mucho más confortable en el cumplimiento de su condena, mientras los secesionistas catalanes dependerían de la Generalitat desde el punto de vista administrativo lo que les proporcionaría un estatus de auténtico privilegio.
Sin embargo, esta posibilidad de disfrutar de notables ventajas con un cambio de demarcación no es el motivo fundamental de estas reflexiones que les propongo. El punto de partida del razonamiento es esta suposición mía y de otros muchos, que advierte, entre los pliegos de un conjunto de decisiones relacionadas con esta especialísima parte de la población penal, la respuesta desde el Gobierno a un apoyo nacionalista que permitió que la moción de censura saliera adelante. Se trata de una sospecha que el Gobierno de Sánchez debería tratar de despejar lo antes posible. Acercar a los presos de ETA a las cárceles Euskadi no es una prioridad ni nadie que no sea el entorno nacionalista vasco ha solicitado que se produzca. Tampoco lo es la de los presos catalanes salvo para los independentistas.
Pedro Sánchez no dijo la verdad cuando planteó los extremos que definían su moción de censura que el PP se labró por sus excesos y su detestable corrupción. O no la dijo entonces o no la dice ahora. En aquellos momentos, Sánchez afirmó categóricamente que promovería elecciones generales nada más tomar posesión. Hoy sostiene que aguantará hasta agotar una legislatura que comienza emboscada en su propio renuncio y de nuevo sostenida por el nacionalismo vasco anunciando un pacto de no agresión. Es cierto que el presidente ha elegido un gabinete brillante y seguramente muy aprovechable desde el punto de vista estético. Pero ahora hay que gobernar. Y hay que hacerlo para todos. También para la mitad de los catalanes que no quieren la independencia, y también para los damnificados por los desmanes de una banda de asesinos.
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