Las horcas caudinas

Publicado: 30 may 2024 - 04:57

Al sur de los Apeninos, en la parte centro-meridional de la península Itálica, se encontraba la región del Samnio, habitada entre el 600 y el 290 a.C. por un grupo de tribus sabelias, los samnios, que eran vecinos de los romanos, siendo la frontera entre ambos el río Liri; aunque, debido a las necesidades de expansión del futuro Imperio, en el año 354 a.C., comenzó una serie de confrontaciones conocidas como las guerras samnitas.

La segunda guerra samnita culminó en el año 321 a.C. con un célebre enfrentamiento, la batalla de las horcas caudinas. Aunque se debate sobre el lugar exacto en que tuvo lugar el combate, lo cierto es que se gestó mediante un engaño, que condujo a los romanos hacia un desfiladero (las Furculae Caudinae) donde quedaron encerrados y a merced de sus enemigos, quienes discutieron sobre la solución con la que debía culminar el conflicto.

Finalmente, los vencedores obligaron a los supervivientes derrotados a cruzar semidesnudos y desarmados bajo un yugo formado por una lanza horizontal atravesada sobre dos verticales, debiendo agacharse tanto que tenían que pasar casi arrodillados ante sus enemigos. Desde entonces, la expresión “pasar por las horcas caudinas” es sinónimo de someterse y hacer por la fuerza algo que uno no quiere hacer, sufriendo una dura humillación.

Lo cierto es que los samnios, cuando debatían cómo resolver el final de la batalla, consultaron con Herenio -padre de su líder, Cayo Poncio- quien les aconsejó primero que liberasen ilesos a todos los romanos. Extrañados ante tal respuesta, le solicitaron una nueva opinión, a lo que entonces respondió que los ejecutaran a todos; lo cual generó todavía mayor sorpresa, por la clara contradicción entre soluciones tan opuestas.

Inquirido por la incoherencia, Herenio la explicó: entendía que ambas eran la mejor forma de proceder, dado que, mediante la primera, se instauraría una amistad perdurable con un pueblo poderoso, fruto de tan excepcional generosidad. En cambio, la segunda retrasaría la guerra durante varias generaciones, puesto que los romanos tardarían mucho en recuperarse de la pérdida de sus ejércitos. Por tanto, no había tercera opción.

Como su hijo persistía en que sobrevivieran humillados, según Tito Livio, Herenio le respondió: “Esa es justo la política que ni procura amigos ni libra de enemigos. Una vez que dejen vivir a los hombres a quienes ha exasperado con un trato ignominioso descubrirán su error. Los romanos son una nación que no sabe callar ante la derrota”. Cayo Poncio hizo caso omiso. Cinco años después los romanos derrotaron definitivamente a los samnios.

De ahí la enseñanza de las horcas caudinas, que perdura hasta hoy: en política, del nivel local al internacional, buena parte del éxito procede de procurarse aliados y librarse de los adversarios. Con éstos, decía Gonzalo Fernández de Córdoba (el “Gran Capitán”): “A enemigo que huye, puente de plata”; facilitando, de la mejor forma posible, la retirada del contrario, haciéndola honorable, cuando con ello se evitan daños en el presente y de cara al futuro.

Si bien, en la película “Herida”, de Louis Malle (1992), Juliette Binoche le dice en un momento dado al personaje que interpreta Jeremy Irons: “Recuérdalo, la gente herida es peligrosa, porque sabe que puede sobrevivir”. Por eso Herenio proponía, como alternativa, cortar la cabeza a los enemigos. De lo contrario, se puede acabar como los samnios: solo un acento separa a Cayo Poncio de cayó Poncio.

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