José Luis Sousa
Controlar el Estado desde la corrupción y la impunidad
El pasado 7 de junio, en Madrid, al prepararme para concelebrar con el sucesor de Pedro en plena Plaza de Cibeles, me sorprendía al mirar hacia todas las calles y hasta donde alcanzaba la vista: un mar de gente lo inundaba todo, en especial familias y jóvenes. Por las pantallas, al ver la llegada del santo padre recorriendo kilómetros en el papamóvil, la imagen era aún más espectacular. Son momentos en los que solo el silencio y el asombro permiten acercarse al misterio que se contempla. Era consciente de estar viviendo un momento histórico en aquella celebración tan atípica del Corpus Christi.
León XIV ha hecho historia con un viaje apostólico a España que ha sido un éxito rotundo en todos los sentidos, superando todas las expectativas y cuyo fruto no somos aún capaces de imaginar. Han sido millones las personas que lo han acompañado en las calles de España y muchos más millones los que lo han seguido por televisión y por las redes sociales.
Se ha convertido en el primer papa en hablar en el Congreso de los Diputados, con un extraordinario discurso que, de aplicarlo, cambiaría este país y el mundo entero. Ha sido también el primer papa en entrar en una cárcel en España y el primero en visitar las islas Canarias. Sus homilías y discursos nos dejan una hoja de ruta para el futuro y una gran tarea a los católicos españoles y a toda la sociedad.
Me ha impresionado profundamente la acogida del pueblo español en su conjunto, la unidad lograda por el obispo de Roma, la esperanza que ha despertado y la fe que parece que está más viva de lo que imaginábamos. En la Vigilia con los jóvenes en la plaza de Lima fue sobrecogedor el silencio y ver a cientos de miles arrodillados ante el Santísimo Sacramento, sin que nadie tuviese que dar un aviso ni decir nada para que la fiesta y el ruido enmudeciesen ante el Señor en la Eucaristía, silencio tan solo roto para cantar a pleno pulmón y al unísono, mirando a Cristo vivo: “¡Tú eres el único Rey!”.
El papa ha marcado a España pero, sin duda, España ha marcado al papa. Como él mismo ha reconocido, se ha sorprendido y conmovido ante la respuesta del pueblo español.
Han sido días en los que nos ha parecido estar viviendo un sueño al contemplar el espectáculo sin precedentes en una ciudad tan secularizada como Barcelona, cuya oscuridad quedará iluminada para siempre por el brillo de la Cruz de Cristo desde la torre más alta de la cristiandad; al ver al papa bendiciendo niños y abrazando el dolor de los migrantes, los presos, los enfermos y los pobres, y clamando con fuerza contra las mafias; al ver a toda la clase política escuchando al sucesor de Pedro y unida por unos minutos; al ver a la televisión pública retransmitiendo todo y hablando bien del representante de la Iglesia Católica; al ver que la Iglesia tiene un papel fundamental en la sociedad y que puede entrar en diálogo con el mundo de la cultura, el deporte, la economía y el arte; al escuchar testimonios estremecedores a los que el papa respondió de modo magnífico dando esperanza; al ver incluso al santo padre volando en el avión del rey de vuelta a Roma. ¡España estaba irreconocible! ¡Lo que veíamos y escuchábamos era impensable meses antes!
Toca despertar del sueño, toca “bajar la mirada” a la realidad de cada día, toca volver a la bendita rutina, toca ahora hacer de la emoción virtud y dejar que el viaje apostólico dé su silencioso fruto. Pero ya nada será como antes porque la esperanza inunda nuestras vidas, porque hemos comprobado que otra España es posible, porque la fe cristiana sigue iluminando nuestras tierras sin ser solo un museo del pasado, porque la Iglesia sigue acompañando el dolor y León XIV ha resucitado lo que nos parecía que había muerto, confirmándonos en la fe, tarea principal del obispo de Roma.
El papa ha marcado a España pero, sin duda, España ha marcado al papa. Como él mismo ha reconocido, se ha sorprendido y conmovido ante la respuesta del pueblo español. Al igual que a Juan Pablo II lo cambió hace años su primer viaje a México, haciéndole comprender su misión como romano pontífice, ahora –contra todo pronóstico– ha sido España la que ha supuesto un antes y un después en este pontificado, haciéndolo experimentar cuán grande e importante es su misión y cuánto bien puede hacer hoy el que es sucesor de Pedro y brújula moral de la humanidad.
¡Viva León XIV “de España”! ¡Gracias, santo padre!
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