Sergio Otamendi
CRÓNICA INTERNACIONAL
Líbano, el daño colateral
CRÓNICA INTERNACIONAL
Líbano no conoce la paz. El país al que denominan “la Suiza de Oriente” lleva años siendo víctima de la confrontación entre Israel e Irán, y las guerras del terrorismo islamista en los países limítrofes con Líbano, fundamentalmente Siria. Sufre bombardeos, invasión de refugiados que huyen de los bombardeos o persecuciones en sus países de origen, desplazados de fuera y de su propio territorio que buscan acomodo en zonas más seguras, y alertas constantes que obligan a tomar medidas de protección para impedir caer víctima de los ataques que llegan de todas partes.
La situación se describe en dos frases: las milicias chiitas de Hezbollah que ocupan el sur del Líbano desde hace años, están atacando a Israel como respuesta al bombardeo de Israel al refugio en el que se escondía el ex presidente iraní Ali Jamenei con una cuarentena de allegados, entre ellos familiares y jefes militares.
Los libaneses saben que son una víctima de las tensiones que se producen de forma habitual entre palestinos e israelíes
Como reacción a los ataques de Hezbollah a bases y ciudades de su territorio -el último muy próximo a Tel Aviv- el ejército israelí bombardea sistemáticamente zonas libanesas controladas por Hezbollah, incluidos barrios de Beirut. Israel informa previamente de los lugares que va a bombardear para que sean desalojados por la población, pero a pesar de esos anuncios y la salida de miles de personas para preservar la vida, desde el inicio de estos bombardeos se han producido unos 600 muertos en el Líbano.
“Queremos estar fuera de Esta guerra”, “No es nuestra guerra” son las frases habituales que se escuchan estos días entre la gente del Líbano. Hay barrios que recuerdan las zonas devastadas de Gaza, los campos de deporte se han acondicionado para atender a los desplazados, y la desesperanza es el estado de ánimo habitual en un país que hasta hace pocas décadas era uno de los más estables de Oriente Medio, con una economía muy saneada precisamente porque era de los pocos que atraía inversión internacional en un Mediterráneo Occidental en el que pocos confiaban sus dineros y proyectos por el riesgo permanente de guerras regionales entre distintas facciones religiosas, territoriales y políticas.
“No es nuestra guerra”, pero los libaneses la viven con resignación porque, por la experiencia de las últimas décadas, saben que son una víctima de las tensiones que se producen de forma habitual entre palestinos e israelíes, entre Irán e Israel, y entre Estados Unidos y los países socios de Rusia y de China.
“La Suiza de Oriente” es hoy una etiqueta perdida.
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