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Butragueño, Míchel, Sanchís, Martín Vázquez, Pardeza y arriba “Hugol”. El Real Madrid podría ser aún más rey de Europa si una de sus hornadas más notables, la Quinta del Buitre, hubiese ganado la copa que el destino le negó. La hemeroteca cuenta que en 1988 era el momento. La semifinal contra el PSV es la espina clavada de lo que nunca fue: 1-1 en Chamartín, 0-0 en Eindhoven y el sueño de la Séptima por los suelos. En 1989 lo volvieron a intentar, pero les tocó bailar con la más fea.
Franchino Baresi fue un futbolista por convicción. Soldador de desajustes, fontanero de pérdidas y pladurista de agujeros, era un albañil y su obra, la pelota. Como Chartlon, como Breitner, como Dunga o Juanito. Como cualquiera de esos tipejos con aroma a Varón Dandy que ahuyentan el suntuoso prototipo. En su cara, perennes los bastos surcos de la experiencia, pues ya nació perro viejo para regar de elegancia los campos y hacer un Rinascimento con cada subida de balón.
El 19 de abril de 1989 desintegró al Madrid.
El 5-0 del Milan de Sacchi es uno de los tótems de la saga continental. Los goles de Ancelotti, Rijkaard, Gullit, Van Basten y Donadoni caían como truenos en la portería de Buyo, mientras la Quinta del Buitre, de rodillas, plañía por esa Copa de Europa que se le escurría en su última oportunidad. Todo pasaba por el número seis. L’eterno capitano cosió una madeja inexpugnable con hilos de alta gama: Tassotti, Costacurta y Maldini; borró los espacios con el medio; sublimó la presión; capturó a sus rivales en órsay; y abanderó a los rossoneri sacando el balón con la limpieza de las nubes.
La carrera de Baresi es tan pródiga como difícil de resumir en una columna. Jovencísimo ganó el Mundial de España. No estuvo en México pero sí en Italia y en Estados Unidos y con él, la Azzurra nunca se bajó del podio. Con el Milan sumó tres Copas de Europa. La del 89, la del 90 y la del 94, humillando al Barça del Dream Team. Nunca se movió de San Siro y acompañó dos veces a su equipo a los infiernos de la Serie B. Porque a pesar de tanta magnolia, su mayor fortuna fue permanecer.
En el segundo partido de su último Mundial, Baresi se lanzó al suelo para recuperar el enésimo balón ante Noruega cuando su rodilla derecha hizo un mal giro. El parte médico era claro, rotura de menisco y 60 días de recuperación, pero en tan solo 22 y tras una cirugía, fue alineado en la final. Locura y milagro.
Brasil llegó al duelo como un bulldozer coronado con Romario y Bebeto. Baresi no tenía más argumentos que el estar postrado en una cama, pero salió del quirófano para secar el Amazonas. La final de Estados Unidos es la mayor exhibición defensiva que se haya visto. 120 minutos de un derroche de orientación, milicia y acrobacia de un jugador diezmado. Agarrotado, se negó a abandonar el campo y asumió la responsabilidad de tirar el primer penalti hasta la última consecuencia. Baresi eligió morir de pie en el 94. Su prematura desaparición es tan solo un espejismo de quien ya está en los libros.
Del medio centenar de futbolistas que han recibido el Balón de Oro, solo tres son defensas. Que Baresi no lo tenga es una aberración del tamaño del Duomo. Él vivía al margen. Cambió la opulencia por el wolframio y se dedicó en cuerpo y alma a lo colectivo. Un jornalero que redefinió la libertad; el líbero que hoy baila con las estrellas recordando que la gloria de los defensas no hace tanto ruido, pero brilla para siempre.
@jesusprietodeportes
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