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España crece y, además, vuelve a hacerlo por encima de lo esperado. El producto interior bruto avanzó un 0,7% entre abril y junio, una décima más que durante el primer trimestre, y mantuvo un incremento interanual del 2,7%. En un escenario condicionado por la guerra en Oriente Próximo, las tensiones comerciales y la fragilidad de las principales economías europeas, el dato confirma una resistencia que hace apenas unos años parecía improbable.
La comparación aumenta su valor. La zona euro creció un 0,4% durante el segundo trimestre y la Unión Europea, un 0,5%, según la estimación preliminar de Eurostat. España conserva así una velocidad superior a la de sus grandes socios y contribuye a desmentir la imagen de una economía condenada a ocupar el vagón de cola europeo. Desde 2021, el PIB español ha aumentado alrededor de un 16%, frente a un 6,5% en el conjunto de la zona euro. No es una diferencia menor ni puede despacharse como un simple efecto estadístico de la recuperación posterior a la pandemia.
El ministro de Economía, Carlos Cuerpo, sostiene que España se encuentra al frente de las grandes economías del euro. Tiene razones para subrayarlo. La actividad acumulada durante el ejercicio avanza a un ritmo del 2,2% y el Gobierno considera alcanzable su previsión anual del 2,6%. El crecimiento trimestral se ha apoyado en la demanda interna: el consumo de los hogares aumentó un 0,7%, mientras la inversión mantuvo el pulso, especialmente en la construcción y en los productos vinculados a la propiedad intelectual. En términos interanuales, la demanda nacional aportó 3,3 puntos, aunque el sector exterior restó seis décimas.
El mercado laboral refuerza esa impresión. España cuenta con 22.779.000 ocupados, después de crear 486.000 empleos durante el trimestre. El paro disminuyó en 213.300 personas y su tasa quedó en el 9,87%, por debajo del 10% por primera vez desde 2008. La mejoría debe ser reconocida: el país ha dejado atrás, al menos por ahora, las tasas de desempleo propias de una emergencia social permanente. Pero el porcentaje continúa siendo elevado en comparación con la mayoría de los socios comunitarios, ya que persisten grandes diferencias por edad, sexo, territorio –10,20% de paro en Ourense, por ejemplo– y nivel de formación. Los datos de la EPA certifican un progreso extraordinario, no la desaparición de todos los problemas.
La cuestión de fondo empieza precisamente donde terminan los grandes titulares. ¿Está llegando este crecimiento a la vida cotidiana de la mayoría? ¿Se traduce en mayor seguridad económica, capacidad para independizarse, formar una familia, alquilar o comprar una vivienda y afrontar sin angustia los gastos ordinarios?
Teorías como las de Amartya Sen proporcionan una respuesta útil al advertir de que el desarrollo no debe medirse exclusivamente por la renta o la producción, sino por las capacidades reales de las personas. Una economía puede aumentar su PIB y, sin embargo, mantener a una parte de la población sin posibilidades efectivas de acceder a una vivienda, recibir una buena formación o elegir su proyecto vital.
Desde esta perspectiva, el crecimiento español ofrece un resultado alentador, pero incompleto. Los salarios han recuperado parte del poder adquisitivo perdido durante la oleada inflacionista, pero no todos los trabajadores lo han hecho en igual medida.
@J_L_Gomez
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