Manuel Orío
RECORTES
La vida en cálculos
Hay tragedias que ocupan portadas, abren informativos y provocan declaraciones solemnes. Y hay otras que suceden en silencio, detrás de la puerta de un piso donde nadie llama, donde el teléfono permanece mudo y donde pasan los días sin que una sola persona pregunte: “¿Cómo estás?”.
La soledad de nuestros mayores es una de esas tragedias. Quizá una de las más crueles, porque no mata de golpe. Desgasta. Primero desaparecen las visitas; después, las conversaciones; más tarde, las ganas de salir, de arreglarse, de esperar. Hasta que la vida queda reducida a una sucesión de días idénticos en los que nadie parece echar de menos a nadie.
Y todo esto sucede en una sociedad que presume de progreso, solidaridad y comunicación permanente. Tenemos teléfonos capaces de localizar a cualquier persona en cualquier lugar del mundo, redes sociales que nos permiten saber qué ocurre a miles de kilómetros y dispositivos que nos avisan de cualquier acontecimiento en cuestión de segundos. Pero, demasiadas veces, somos incapaces de hacer la llamada más sencilla: la que pregunta a nuestros padres, a nuestros abuelos o a aquel vecino mayor si necesitan algo.
Miles de personas mayores comen solas, cenan solas y se acuestan solas. Algunas pasan semanas sin recibir una visita. Otras mueren en sus casas y su ausencia solo se descubre cuando el silencio empieza a resultar sospechoso o cuando el olor obliga a llamar a la puerta. Es una realidad estremecedora, pero hemos conseguido convertirla casi en una rutina. Y quizá eso sea todavía más grave: que una tragedia deje de escandalizarnos cuando se repite demasiado.
No deberíamos necesitar estadísticas para comprender la gravedad de semejante fracaso.
Es cierto que las familias son más pequeñas, que los hijos viven lejos, que las ciudades han cambiado y que la vida laboral obliga muchas veces a mantener enormes distancias. Pero esas circunstancias explican el problema; no lo justifican. Porque detrás de la soledad hay también algo más profundo: hemos construido una sociedad que, demasiadas veces, mide a las personas por lo que producen, por lo que consumen y por lo que todavía pueden aportar.
Cuando llega la jubilación, cuando desaparece la actividad profesional y cuando las fuerzas comienzan a disminuir, algunos pasan de ser protagonistas de su propia vida a convertirse, casi sin darnos cuenta, en invisibles. Como si dejar de trabajar significara también dejar de contar. Las administraciones tienen responsabilidades y deben asumirlas. Hay que reforzar los servicios de atención, detectar las situaciones de aislamiento y crear redes eficaces de acompañamiento. También deben facilitar centros de convivencia, actividades y sistemas que permitan identificar a quienes viven completamente solos. Pero sería ingenuo pensar que la soledad puede resolverse únicamente con presupuesto, funcionarios y programas sociales.
La soledad no se cura con un formulario. Se combate con presencia. Con una llamada. Con una visita. Con una comida compartida. Con sentarse diez minutos al lado de alguien que lleva demasiado tiempo esperando que alguien se siente. Y, sobre todo, se combate recuperando una idea que parece haberse convertido en antigua: que cuidar de nuestros mayores no es caridad. Es gratitud. Es responsabilidad. Es justicia.
Ellos construyeron buena parte del país que hoy disfrutamos. Trabajaron cuando había menos oportunidades, levantaron familias cuando había menos recursos y sostuvieron a sus hijos cuando estos lo necesitaron. Muchos renunciaron a comodidades, vacaciones y proyectos personales para que sus hijos pudieran vivir mejor. Ahora nos corresponde a nosotros sostenerlos a ellos.
No se trata de idealizar el pasado ni de exigir a las familias sacrificios imposibles. Se trata de recordar que una sociedad verdaderamente humana no puede considerar normal que una persona pase días enteros sin hablar con nadie. La tecnología puede ayudar, pero una videollamada nunca sustituirá completamente una mano sobre el hombro, una conversación cara a cara o una mesa compartida.
Una sociedad que abandona a sus mayores pierde mucho más que sensibilidad. Pierde memoria. Pierde experiencia. Pierde gratitud. Y, finalmente, pierde dignidad. Porque el verdadero nivel moral de un país no se mide por sus autopistas, sus teléfonos inteligentes, sus hospitales o sus cifras de crecimiento. Se mide por algo mucho más sencillo: por lo que hace cuando una persona deja de ser útil, productiva o rentable. Ahí es donde se descubre la verdad de una sociedad.
Y si un anciano puede morir solo detrás de una puerta cerrada sin que nadie lo eche de menos, quizá deberíamos dejar de presumir tanto de progreso. Porque una sociedad que permite morir a sus mayores en silencio no es una sociedad avanzada. Es, simplemente, una sociedad que ha aprendido a mirar hacia otro lado.
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