Eduardo Medrano
Motín de Esquilache
Este año volverán los Reyes Magos. Es cierto que se bordea el mito. Se entiende éste como una realidad inventada, pero es más que eso. Es una manera de intentar entender una realidad tras humana. Una forma de hacer accesible lo sagrado y transcendente.
Los Magos más que reyes fueron profetas. Le ofrecieron al niño la mirra, que un día podría cicatrizar sus heridas. Su sabor era el del vinagre que le ofrecerían los soldados para saciar su sed. Y sería ungüento para embalsamar su cuerpo yerto.
Lo esencial puede que sea el hecho de que lo buscaron. Que era una búsqueda rigurosa y sabia. Que se encontraron con las dificultades, pero supieron bordearlas. Que lo presentían como rey de corazones. Y que al final de aquel camino, como ocurre siempre, se toparon con Dios.
Habrá que corregir los diccionarios de sinónimos. Y habrá que decir que creer es lo mismo que confiar. A lo mejor sólo existe ese camino: Sólo tienes que volver a creer. Creer como un niño. Retornar al mito de tus orígenes.
El ser humano comienza a resquebrajarse el mismo día en el que dejamos dormitar en nuestro cerebro “la duda”. Hasta entonces todo lo que habíamos creído era intangible, hermético, exacto, verdadero. Nuestro mundo era literal. Era de aquella forma que nos habían contado. La verdad es que era bien bonito.
Pero un día dejamos la puerta abierta y penetró en nosotros la duda. Y cuando uno duda, es que pone en tela de juicio no una sola cosa sino muchas. Y si todo nos parece una trampa, y si todo es un invento, y si todo… y comenzamos, digámoslo, a tener algo de miedo, un poco más de miedo y ya más tarde no creemos en nada. Qué pena… porque era bien bonito.
Vuelve a creer como un chico. Los Magos volverán, entonces, a dejar tus juguetes preferidos en la puerta. El dolor procede muchísimas veces de la desconfianza. Expulsa la duda. Échala fuera y confía en quien comparta contigo su alegría o su tristeza. No preguntes muchas cosas. Ama sin preguntar. Échale una mano al que te abre su corazón. Pon un cartel en tu puerta que diga: pasa sin llamar.
Qué pena… porque era bien bonito
Cuando eras niño y ponías los zapatones en la ventana para que viniesen los reyes y te los dejasen repletos de chuches, eso era una pasada. Cuando eras adolescente y pasaba por tu puerta la niña de las trenzas largas, se te constipaba el alma y soñabas. Cuando te fuiste a la universidad y te pusiste a estudiar aquella carrera y aquel master tan caro también soñabas con el futuro que te habían dicho que estaba detrás de aquellos muros que saltabas.
Y te sentiste engañado, embaucado, timado y defraudado. Porque nos gustan las cosas como son. Y claro, las cosas son de aquella manera y cuando creces se transforman en espantosas, horrorosas, repulsivas, repelentes y sombrías.
Los Magos, viniesen o no desde Babilonia, desde Persia, desde Oriente, se dejaron orientar, indubitables, por una estrella que se posó suave, sutil, volátil, leve… sobre la hierba, en la que una virgen recostó un chiquillo. Volverá a oírse aquel villancico que te parecerá ingenuo, infantil y crédulo: “Tienes que ser un niño… para ir al cielo”.
Ganemos cada día, de este año que comienza, un centímetro o centímetro y medio a la esperanza.
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