“Mal bicho”

Publicado: 02 mar 2025 - 00:45
Alba Fernández

Un día nos recitó un verso que nos hizo reír a todos. “Él la quiso palpar / pero ella era audiovisual”. Ana es ya como nuestra musa. Siempre llega serena y sonriente. Cielo santo, hoy llega gélida como una estatua de bronce. Toma asiento y, para sorpresa nuestra, va y pide un gin tonic. “¿Qué te ocurre?” pregunta el profesor. Da un largo trago: “En mi casa mi madre lo tomó como una desgracia familiar. Anteayer fue a la iglesia adonde va con frecuencia. Se sentó en un banco cerca del altar. Mi madre es muy creyente, se levanta y va a comulgar. Qué te diría, breves minutos”.

El pintor dice: “A ver, Jaime, tú que eres periodista, manifiéstate”. Allá voy

En nuestro club de tertulianos, un islote analógico de resistencia. Todos escuchamos muy atentos. “Como siempre, regresó a su asiento muy conmovida. Va a coger un pañuelo del bolso, mira aquí y allá; el bolso había desaparecido. Ay, sólo había siete u ocho feligreses. Llegó a casa llorando, su móvil era antediluviano, pero allí estaban los teléfonos de sus amigos, sus cosas y lo que más le dolió, sus oraciones secretas”.

Interviene el profesor. “En los periódicos y en los medios nos insisten y nos venden que ésta es una ciudad muy tranquila, pero en las páginas de sucesos de los cafés se insiste en los continuos robos y ajustes de cuentas. Algunos barrios se están poniendo duros. Un camarero que tiene su local al lado de la estación, me dijo textual ‘Con el AVE llegan, día sí y día no, malhechores de Madrid y otras ciudades, hacen lo suyo en la ciudad, y regresan de inmediato a sus cubiles”.

El pintor dice: “A ver, Jaime, tú que eres periodista, manifiéstate”. Allá voy. “La historia de la delincuencia en esta ciudad tiene cifras alarmantes. Desde finales del siglo pasado hasta hoy, sobrepasa la cifra de veinte crímenes. Me comenta Monchi Sánchez, periodista de sucesos, que sorprende el número de asesinatos que quedan sin resolver. Cierto es que a los veinte años del suceso, el delito prescribe. Proliferan los crímenes perfectos. Algunos tan salvajes como el de aquella chica, Marina. Primero la rociaron con gasolina y después le prendieron fuego. Como otros, quedó sin descubrir. Aquellos dos que aparecieron torturados y asesinados con crueldad en la parte de atrás de un coche, allá a la puerta del cementerio de Santa Mariña. Ay, aquel bebé que apareció en un basurero en el Barco de Valdeorras…”

“Para, para”, dice el abogado, “tampoco hay que alarmarse en exceso. Ésta es una ciudad con buenos cafés, locales que ofrecen música en directo a lo largo de la semana”. Nuestro contertulio da un buen trago a su vodka. “Aunque el grado de zafiedad crece. Sin embargo, como abogado de oficio, no ceso de defender a jóvenes extraviados”. Intervengo de nuevo “También creció en esta ciudad una generación desgraciada. Me refiero a los hijos de emigrantes, que crecieron sin el padre o la madre. El psiquiatra Manolo Cabaleiro y su padre estudiaron las heridas de esa generación. Allá, sobre todo en los años setenta y ochenta del pasado siglo, esa generación herida abundaba en aquel sanatorio psiquiátrico de Toén. Con frecuencia, se perdieron en el lado oscuro”.

(Se acaba la tertulia y le cuento a mis colegas. “Una vez escribí sobre ‘El Killer de la Raia’. Había triunfado la Revolución de los Claveles. Con frecuencia, iba a un cafetín al otro lado de la frontera. Se cobijaban allí personajes de toda ralea. Ya de madrugada, se me acercó un tipo de ojos penetrantes. ‘¿Busca algo? A lo mejor tiene un trabajito para mí’. El fulano fue al grano: ‘Por darle una tunda a alguien cobro tanto; si hay que romperle las piernas cobro tanto; pero si quiere algo más, puedo hacerlo. Aunque ando en esto, soy devoto de la virgen de Fátima. En ese caso, tiene que demostrarme que el fulano es un mal bicho”).

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