Mañana peor que ayer

Publicado: 27 ago 2026 - 01:53
Itxu Díaz
Itxu Díaz | La Región

Dicen los sabios que el optimismo es mejor para la salud que el pesimismo. No pensaba lo mismo Emil Cioran, que dejó escrito cosas como “cada ser es un himno destruido”. Personalmente, soy optimista fijo discontinuo y, políticamente, la obra de Cioran me parece un canto de esperanza al lado de mi entusiasmo y esperanza en que algún político haga alguna vez algo bien. Si al frente de los destinos de la nación está Pedro Sánchez, ese hombre, “pesimismo” me resulta increíblemente benévolo como reflejo de la realidad que nos espera.

Se supone que el inicio de curso escolar –y laboral, para muchos- es tiempo de esperanza. En circunstancias normales ahora llevaríamos casi un mes sin los políticos tocando las maracas en “prime time”, perdidos en sus playas y algunos, quizá, si el oráculo viene propicio, tratando de huir de los dientes de un tiburón. Pero no vivimos circunstancias normales, ni bajo un Gobierno normal. De modo que no nos hemos podido librar de ellos ni en el mes de agosto. Y, a propósito, mucho cuidado con echarle toda la culpa a Marruecos -aunque tenga mucha- y dejar en segundo plano al último responsable de todas y cada una de las grandes catástrofes de la historia reciente de España, que es Sánchez Castejón, aunque no creo que sea necesario escribirlo.

Desde la fatalidad española de la pandemia hasta la invasión de Ceuta, pasando por los trenes de la muerte, la inflación salvaje, los incendios sin precedentes, y el agujero en las arcas públicas que nos han dejado a pachas la corrupción y los enchufes, el último y el más responsable es el presidente del Gobierno que okupó la Moncloa hace ya una eternidad.

Para quienes tienen algo de memoria, no hay duda alguna de que en el sanchismo cada martes es peor que cada lunes, y cada mes de mayo peor que cada abril

Hago este breve repaso de desgracias para evitar que a algunos, especialmente en la oposición, la resaca de la arena de playa, las olas del mar y las mariscadas en el chiringuito, les empujen a un cierto optimismo con respecto a lo que viene. Para quienes tienen algo de memoria, no hay duda alguna de que en el sanchismo cada martes es peor que cada lunes, y cada mes de mayo peor que cada abril. Nadie puede ahora decir que no tenía razón Santiago Abascal cuando hace años empezó a repetir la coletilla de que, “con Sánchez, lo peor siempre está por llegar”. A día de hoy, la desgracia, la incompetencia, o el gafe propio del sanchismo, nunca han faltado a su cita con los españoles.

De entrada, comenzaremos el curso con una crisis migratoria tan deprimente como inabarcable. Yerran torpemente quienes creen que, después de todo, lo que ocurra en Ceuta se queda en Ceuta. Nunca ha sido así y, con este Gobierno, menos aún. La crisis migratoria y sus consecuencias, ya sean económicas, sanitarias y, muy especialmente, de seguridad, llegarán a las puertas de nuestras casas, como vemos ya hoy con la criminal regularización masiva, o con las mil y unas leyes del sanchismo; que las consecuencias de aquel gran escándalo -ahora ya parece lejano- de soltar a violadores y pederastas las estamos sufriendo a diario en nuestros pueblos y ciudades, para desesperación de los policías de a pie, que hacen su trabajo de todos modos pese a las trabas que les ponen sus superiores.

Hasta hace poco pensaba que al sanchismo debía seguirle una etapa destinada a revertir todas las incompetencias, ilegalidades, y crímenes varios causados por los últimos gobiernos socialistas y comunistas. Hoy, contemplando el negro futuro que se avecina a España –más negro aún-, creo que, cuando logremos desprendernos del más incompetente de cuantos han pisado la Moncloa en democracia, no será suficiente con tumbar algunas de sus leyes, sino que será necesaria una refundación nacional, una regeneración completa de la democracia, las instituciones, y la convivencia política, y, si fuera posible, una revisión profunda de los mecanismos, constitucionales o no, que han permitido al sanchismo perpetuarse misteriosamente en el poder en medio de un colosal rechazo popular sin precedentes.

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