Xabier R. Blanco
CLAVE GALICIA
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HISTORIAS INCREÍBLES
Coges la nieve y la estrujas y está fofa. Y coges más y la aprietas hasta que me la echas como si fuera la buenaventura y me da en la nuca y me escapo corriendo. Me persigues y siempre ganas todas las escaramuzas. Quiero protestar, pero te ríes, te ríes mucho y esa alegría tuya es una niebla que se pone a subir desde el río congelado. En cambio, si miro tus ojos y están tristes…entonces son pura escarcha. El frío, si ocurre eso, se va descolgando virginal pero terrible como un cuchillo y nos acuchilla el rostro y nos da punzadas en las manos y en la espalda, aunque pretenda abrigarlas.
Conviene tomar espacio. Me pongo lejos y aun así me pareces un árbol de Navidad y entonces necesito colgarme de tus ramas. Si me veo desde lejos yo también soy sólo un Papá Noel, pero de plástico y papel charol adornado con barbas blancas, lazos, mimos tuyos y minúsculos espejos.
Mientras te escribo he escuchado arañazos en la puerta de la oficina. Es precioso este gato siamés al que tú y yo hemos puesto de nombre Pancho. Me mira con una carita pintada de ternura mientras sus ojos hacen imposible que evite su entrada. Inmediatamente salta sobre el teclado de mi ordenador y hace irrealizable cualquier cosa, a no ser el darle una caricia oblonga. Le pongo la mano sobre la cabeza y voy columpiándola sobre su piel húmeda hasta llegar al final. Entonces mía con dulzura y somete su cuello a mi manaza para que, de nuevo, le de ese cariño. Bueno los mimos que se dan, no tienen fecha de caducidad y se conservan para siempre. Caramba con el amor, esas bolas blancas de alcanfor, que impiden que se te apolille el pensamiento.
Yo, como tú, soy un coleccionista de recuerdos. El corazón es una estantería en la que coleccionamos abrazos, miradas dulces, la alegría de todas las fiestas, la estética de los vestidos de gala, los consejos al oído, y los denostados piropos. En la vida de cada ser humano hay cosas chulas y otras tremendas. Yo aconsejo siempre recortarlas. Que queden sólo las motivadoras, las más guapas, las que hablan de lo bueno. Entonces los otros recuerdos, las cosas malas si las hubo, puedes tirarlos a la papelera o pisarlas.
Así que está permitido recordar, por ejemplo, un gato, una mañana pintada con una espátula, un beso urgente y prohibido, una obra de teatro, una historia divertida en aquella cena con champagne francés, una exposición de Carmucha y tantas otras cosas, por ejemplo… otro gato.
Pancho, ni siquiera es nuestro gato. Aquel era de origen más popular. No procedía como Pancho de Tailandia sino de ahí mismo, de esa oquedad en la que lo encontraste famélico, enano, desesperado de hambre. Te dio tanta pena que lo adoptaste y aunque era bravo y algún que otro viaje nos daba con sus patas rayadas y amarillas, pues le queríamos a sabiendas de que tenía mala pipa. Pero a que… no recordamos sus maldades felinas. Sólo cómo iba taimado, con el ronroneo colgado de los bigotes, meditativo, caminando agachado, las orejas puntiagudas, preparado para un salto del que se libraban en tal caso las intrépidas cornejas.
Vuelve a nevar, el cielo se rompe en cachitos blancos que, estoy seguro, volverás a aprisionar para perseguirme o para hacer un muñeco con una nariz de zanahoria y mis bufandas. Maúlla Pancho en el tejado y el viento del norte escribe en mi corazón doscientas rayas.
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